En el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas 14, 1. 7-14, Jesús nos presenta la importancia de la humildad. Un atributo que el mundo no promueve, porque no lo comprende.

En palabras simples, hablar de humildad es hablar de confianza en Dios. Lo contrario es la arrogancia, que sería menospreciar a Dios.
Una persona humilde sabe que Dios es siempre bueno y encuentra en Él la fortaleza para superar las tentaciones y pruebas que la vida nos presenta. La humildad se basa en reconocer que somos beneficiarios de la generosa e inmerecida misericordia de Dios y llamados a ser solidarios con los demás. Especialmente los que ocupan el ‘último lugar’, y compartir con ellos el amor que hemos recibido gratuitamente.
Por otro lado, el arrogante se distancia de Dios, se encierra en sí mismo y no es capaz de resistir las dificultades, ni comprender el significado del sufrimiento. Se aparta de Dios pensando que puede manejar su vida solo; es altanero y vive en rebeldía con todo y con todos.
Jesús es el ejemplo perfecto de humildad, pues se hizo hombre con el fin de salvarnos. De la misma forma, nos pide que tengamos la humildad necesaria para aceptar a los necesitados que nos rodean y ponernos a su servicio.
Cuando visito enfermos, me llevo en el corazón, no solo al paciente, sino a los que lo cuidan. Ellos son un hermoso testimonio de humildad y servicio desinteresado.
Hermanos, ser humilde es buscar y hacer la voluntad de Dios, como María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38).
Permite que el amor de Jesús te mueva a compartir su amor con los que te rodean.
Dice el Señor, «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11, 29).
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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