Uno de mis autores espirituales favoritos, Henri Nouwen, dice: “Orar por los otros significa hacerlos parte de nosotros mismos. Orar por los demás significa permitir que sus dolores y sufrimientos, sus ansiedades y soledades, su confusión y sus miedos resuenen en lo más íntimo de nosotros mismos. Orar es, así, convertirnos en aquellos por quienes oramos, convertirnos en el niño enfermo, la madre llena de miedo, el padre afligido… Orar es entrar en una profunda solidaridad con todo ser humano, de modo que en nosotros y a través de nosotros ellos puedan ser tocados por el poder sanador del Espíritu de Dios.”

A estas hermosas palabras, quiero añadirle una cita del Evangelio de hoy, tomada de San Lucas 14, 25-33: «… el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.»
El Señor hace un llamado claro y directo y nos incluye a todos. La pregunta entonces es, ¿cómo vas a responderle?
Hermanos, seguir a Cristo es mejor que cualquier posesión y mejor que un premio o diploma. Dice el Salmo 89: «Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo; baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.»
Si queremos ser discípulos de Jesús, debemos estar dispuestos a aceptar la pesada cruz y seguirlo con alegría. No es masoquismo, es buscar y hacer la voluntad de Dios. La cruz es nuestra esperanza.
Señor, ayúdame a seguir por tu camino llevando mi cruz y recordar que no estoy solo, porque Tú vas conmigo.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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