Lo recuerdo bien, ¿cómo no hacerlo? Vinieron a decirle que Lázaro había muerto. Jesús se puso triste. Después alzó los ojos al cielo y oró. Nos dijo que esa muerte sería para la gloria de Dios, como todo lo que sucede. La gloria de Dios: lo más querido y lo más abstracto; lo que deseamos dar a Dios y que no sabemos cómo se hace. Para Jesús todo parecía sencillo. Decía que bastaba poner el corazón en cada cosa y Dios que ve en lo escondido se honrará con las buenas obras que hagamos. Muy bonito, pero no para mí. Yo necesitaba saber cómo se hace, con instrucciones claras y precisas que me digan sí o no. Jesús hablaba de corazón… yo solo tengo mente. Por eso el día que Jesús dijo que regresábamos a Betania para ver a Lázaro, todos temblaron de miedo. Poco antes habían intentado matarle allí y se escapó por poco. Ahora quería regresar a morir con Lázaro. Todos dudaron, con corazones de miedo. Yo no. Mi corazón no cuenta. Yo le prometí seguirle y lo haré; yo tengo muy claro mi compromiso. Por eso el día que dijo de volver a Betania, no tuve miedo; simplemente me levanté y dije: “Vayamos a morir con Él.”

Fui a verles, escondidos en una casa por miedo a los judíos. Pobres hermanos míos desolados. Intentaba convencerles de nuevo de que la pasión es ciega, que la resurrección es hermosa, pero que no sucede; que los muertos se entierran y los vivos les lloran. Pero ellos discutían, me gritaban su visión: “Él está vivo.” Yo me negaba a creer. Lo deseaba. Desde luego que quería que viviera Jesús. Le amé con todo mi corazón y sobre todo con toda mi mente, como ninguno de ellos fue capaz. Desde niño repetí millones de veces la oración de Israel: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y toda tu mente.” Así amé yo a Jesús. Le hice mi Dios. Y por eso estuve dispuesto a morir por Él en Betania y por eso estoy dispuesto a morir con Él en Jerusalén. Por eso yo no me escondo como los demás.
“La paz con vosotros” fue su primera palabra. Lo escuché detrás de mí. “La paz contigo,” me dijo. A mí, al que más en paz estaba, al que aceptaba las cosas de la vida como hechos consumados. Acepté el peligro de morir con Jesús en Betania porque era parte de ser su discípulo. Acepté ver a Lázaro vivo de nuevo porque ese fue el deseo del Maestro. Acepté la cruz porque los hombres son estúpidos y ciegos, y matan al que les da la vida. Rechacé la resurrección porque nadie vuelve de la muerte… aunque yo vi a Lázaro y a la hija de Jairo… Y entonces comprendí: me daba paz a mi mente, no a mi corazón; paz a mi cerebro intelectual y matemático que no permite que nada salga de las normas humanas. Caí de rodillas ante Él y dejé hablar a mi corazón por vez primera: “Señor mío y Dios mío.”
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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