Nos les fue fácil recibirme como apóstol. Todos oían mi nombre con terror. Yo era Saulo, perseguidor de los cristianos. Hasta aquel día dediqué toda mi vida a estudiar la Ley de Dios y a cumplirla. Y de paso a hacer que otros la cumplieran. No bastaba con enseñarla, había que ayudarles a imponerla. Mi maestro Gamaliel había dicho que dejásemos en paz a los cristianos; que si no era obra de Dios, se esfumarían; pero que si era de Dios… Por eso el día que vi a Esteban junto a la puerta de Damasco, deseé tomar también yo algunas piedras y descargar mi ira contra él y sus doctrinas. ¿Contra Esteban o contra Jesús? No importa. Porque eran los dos la misma cosa. Por respeto a Gamaliel no lancé piedras; mostré mi solidaridad sosteniendo los mantos. Y la sangre derramada de Esteban despertó en mí aún más mi celo.

Todo iba bien hasta aquel día. Salí de Jerusalén lleno de furia. No bastaba erradicar la plaga de cristianos en la Ciudad Santa, había que llegar a todas partes y yo iba hacia Damasco. En mi mente resonaban todavía las palabras de Esteban justo antes de morir: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.” ¡Qué osadía! Sí sabíamos. Sabíamos bien lo que se hace y teníamos un motivo poderoso. Yo les iba a demostrar mi buen hacer acabando con todos ellos. Pero en medio de la nada llegó aquel día: el día que Jesús resucitado hecho luz y voz me preguntaba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Qué pregunta más ridícula, pensé, porque yo estaba de razones. ¿Es que acaso Jesús también pensaba que yo no sabía lo que hacía?
Unos días de ceguera me sirvieron para descubrir la ceguera del alma que yo tenía. En el silencio de la noche larga de mis ojos, descubrí la noche eterna en que vivía, con mi mente llena de conocimientos y el alma muerta en vida. “Saulo, Saulo, ¿por qué le persigues?”, me pregunté una y otra vez aquellos días. Y al fin dentro de mí, la luz de Cristo me hizo descubrir que en verdad yo no sabía lo que hacía. Encontrarme con Cristo resucitado me dio vida. Me sacó del odio y la violencia. Me llenó de misericordia, de paciencia, de deseo de anunciar por todas partes que el amor de Dios nos apremia, nos resucita y nos hace Iglesia.
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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