Somos cristianos y católicos. Vivimos unidos a Cristo, a quien encontramos sobre todo en los sacramentos, cuyo Cuerpo comulgamos en la Eucaristía. Somos cristianos. Y aunque a veces nos apartemos del camino recto, sabemos bien dónde está nuestra casa, adónde deseamos llegar para ser completa y eternamente felices. Conocemos la voluntad de Dios y Él no quiere que estemos mal.

Durante la Cuaresma descubrimos y confesamos nuestros pecados. Pero la misericordia de Dios nos arropa con brazos amorosos. Nos lo había anunciado Él mismo hace siglos: “Vengan, volvamos a Yavé; pues si él nos lesionó, él nos sanará; si él nos hirió, él vendará nuestras heridas. Dentro de poco nos dará la vida, al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia. Empeñémonos en conocer a Yavé. Su venida es tan cierta como la de la aurora, y su intervención, tan repentina como la llegada del día. Llegará como la lluvia, como el aguacero que riega la tierra” (Os 6, 1-3).
Según avanza el camino de la Cuaresma nos sentimos más seguros y confiados, sabiendo que hacemos lo correcto, lo necesario. Solamente Jesús es el Señor, solamente en Él está la salvación. Queremos esa salvación y la vida eterna. Por eso la alegría inunda nuestro corazón hoy. Sabemos que somos un pueblo que camina hacia la ciudad de Dios y de este modo estamos saboreando desde ahora ya –aunque parcialmente– la gloria que un día se nos descubrirá en plenitud.
Para meditar el día de hoy: La conversión no es tarea para tristes.
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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