Durante la Misa de ayer, cuando Father “Z” hablaba sobre la Fiesta de la Misericordia, me vino la idea: ¿qué sentirían las almas del purgatorio en este tiempo de Pascua?

Solemos pensar en el purgatorio como un lugar de fuego purificador, de espera angustiosa, de oscuridad y abandono. Santa Faustina, en su Diario, lo describe como una cárcel. Y es verdad, el purgatorio es un lugar de sufrimiento. Pero en estas semanas de Pascua hay otra dimensión que a veces olvidamos: las almas del purgatorio son almas salvas. Ya tomaron su decisión. Ya dijeron su sí definitivo a Dios. No les queda duda sobre el final de la historia… aunque algunas tengan que esperar mucho.
Pensemos en eso un momento. Mientras nosotros todavía luchamos, dudamos, caemos y nos levantamos, ellas ya saben con certeza absoluta que van a llegar al cielo. La Resurrección de Cristo es, para ellas, promesa cumplida. No una esperanza, sino una realidad que les pertenece y que cada día se acerca un poco más.
Si para nosotros, este tiempo de Pascua representa una alegría inmensa, me imagino que a ellas, la alegría pascual les llega con una intensidad que nosotros apenas podemos intuir.
Santa Gertrudis, mística benedictina del siglo XIII, dedicó su vida a interceder por las almas del purgatorio. Cuenta la tradición que cuando estaba ya en su lecho de muerte, el demonio trató de turbar su paz diciéndole que había desperdiciado sus propios méritos e indulgencias ofreciéndolos por las almas ajenas, y eso le costaría que ella misma tendría que pasar un largo tiempo en el purgatorio. Fue entonces cuando el Señor mismo se presentó a consolarla. Y no vino solo. Todas las almas por las que ella había intercedido durante años, todas vinieron ahora a acompañarla. ¡Todas! ¿¡Te imaginas la multitud de almas que acompañó a Jesús aquel día a visitarla?!
Eso es la Comunión de los Santos en pleno: una red de amor que no se rompe con la muerte, que cruza la frontera entre el tiempo y la eternidad, y que en Pascua brilla con una luz especial.
Hay una oración que Santa Gertrudis recibió del Señor, sencilla y poderosa, que la tradición dice libera muchas almas cada vez que se reza con fe:
“Padre Eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las santas misas celebradas hoy en todo el mundo, por todas las benditas ánimas del purgatorio, por todos los pecadores del mundo, por los pecadores en la Iglesia universal, por los de mi propia casa y dentro de mi familia. Amén.”
Los lunes, la Iglesia recuerda de manera especial a las almas del purgatorio. En medio de la alegría que sentimos por la Resurrección de Jesús, te invito a que recemos juntos por ellas. Ojalá nos suceda como a Santa Gertrudis y cuando lleguemos al cielo, venga una multitud inmensa de almas a recibirnos.

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