Desde que estuve en Jerusalén, cada vez que leo algún pasaje bíblico relacionado con la ciudad santa, mi mente evoca las calles, los olores, las caras de los habitantes y de los turistas congregados entre las murallas… Hoy todos estamos en Jerusalén. La mente y el corazón vuelan a la alegría de ese día bendito en que todos supieron que llegaba el Mesías, sobre un burro, como había anunciado la profecía. Gritos, júbilo, risas, vítores, alabanzas, al Hijo de Dios que había llegado para cumplir su destino y el de todos, para liberar a Israel y proclamar el año de gracia del Señor, para inaugurar un nuevo ciclo en la historia de la salvación.

Mantos sobre el suelo para alfombrar sus pasos, cantando las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, así dichas, se convierten en una proclamación mesiánica: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” Alegría de fiesta y grito de bendición, himno de júbilo que expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado.
Pero, como dicen en mi tierra, ¿cuánto dura la alegría en la casa del pobre? De igual modo, ¿cuánto dura la alegría en la casa de los pobres de espíritu? Después de la entrada triunfal en Jerusalén, a muchos les entró miedo y a todos les entró la comodidad. ¿Y si algo cambia? ¿Y si nos dicen las verdades? ¿Y si estar sentado a su derecha no es tan bonito como parece? Esa es la tentación, la de seguir como hasta ahora. La de no revolucionarse con Jesús y con su Reino. La de callar al profeta y matar al salvador. Que nada se mueva, que nada cambie, que todo siga como está, aunque esté mal.
Si nos hacemos cobardes y perezosos como aquellos, volveremos a bajar a Jesús del burro a golpes de traición, volveremos a condenarlo como culpable siendo el único justo, volveremos a justificar nuestra miseria, volveremos a matarlo en una cruz. No, no puede volver a suceder. Nunca más. Si matamos al profeta, ¿quién nos dirá la palabra de Dios? Si matamos al salvador, ¿quién nos salvará? No, nunca más. Ahora ya no.
Este Domingo de Ramos levantamos las palmas de nuestra alma para recibir al Señor victorioso y le abrimos el corazón de verdad para que se quede. Es un Domingo de Ramos nuevo, como debió ser el primero. “¡Hosanna!, bendito el Señor que viene para no irse jamás.”
Como aquel día en Jerusalén y con un corazón dispuesto a seguirle, digamos: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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