María, Madre solícita en la Visitación, enséñanos a escuchar la Palabra, una escucha que nos hace estremecer y, a toda prisa, hace que nos dirijamos hacia todas las situaciones de pobreza donde se necesita la presencia de tu Hijo.

Enséñanos a llevar a Jesús en silencio y con humildad, como tú lo hiciste. Que nuestras fraternidades (familias) se hagan presentes entre los que no lo conocen para difundir su Evangelio, dando testimonio de Él, no con palabras, sino con la vida; no anunciándolo, sino viviéndolo.
Enséñanos a viajar con sencillez como tú hiciste, con la mirada puesta siempre en Jesús presente en tu vientre: contemplándolo, adorándolo e imitándolo.
María, mujer del Magnificat, enséñanos a ser fieles a nuestra misión: llevar a Jesús a la gente. Oh amada Madre, esta es tu propia misión, la primera que Jesús te confió, y que te has dignado a compartir con nosotros.
Ayúdanos e intercede por nosotros para que podamos hacer lo que tu hiciste en la casa de Zacarías, glorificando a Dios y santificando a las personas en Jesús, ¡por Él y para Él! ¡Amén!

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