Señora y Madre nuestra, tú estabas serena y fuerte junto a la cruz de Jesús. Ofrecías tu Hijo al Padre para la redención del mundo. Lo perdías, en cierto sentido, porque Él tenía que estar “en las cosas del Padre,” pero lo ganabas porque se convertía en Redentor del mundo, en Amigo que da la vida por sus amigos.

María, ¡qué hermoso es escuchar desde la Cruz las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu hijo,” “Ahí tienes a tu Madre”!
Madre mía, yo deseo ahora dejar todo lo que me aparta de Ti, de Cristo. Tomo tu Corazón doloroso como refugio mío, tu mirada como consuelo en mis penas, tu fortaleza como ejemplo en mis momentos difíciles. Concédeme vivir unido a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección; haz que mis dolores se transformen, con tu ayuda, en ofrenda y alabanza a Dios.
Virgen de los Dolores, ruega por mí y por todos los que sufrimos. Que al contemplarte junto a la Cruz, mejore mi fidelidad, mi esperanza y mi amor. Amén.

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