El libro de Daniel nos narra un hecho espeluznante: la condena a muerte de tres judíos condenados a ser quemados vivos (Dn 3). Yo recomiendo repasar el pasaje mirando los detalles. Justo cuando el rey Nabucodonosor les condena por no adorar a un ídolo pagano, los tres fieles judíos responden con seguridad que serán librados de las llamas, pero, aunque no sean librados, no adorarán a otro dios que no sea el Señor. La oración de los justos perseguidos es escuchada por el Señor y un ángel se presenta en medio del fuego para liberarlos. Nabucodonosor entonces proclama de grandeza de Dios, que cuida de los que confían en Él (Dn 3, 95-96).

El milagro no sirve para convertir al rey, pero sí para comprobar la fe de Nabucodonosor. Porque solo un hombre de fe es capaz de aceptar haberse equivocado y humildemente dar la razón a quienes antes condenó. Si Nabucodonosor no hubiera sido un hombre de fe, se habría mantenido firme en su error, hubiera querido imponer su criterio a toda cosa, no hubiera reconocido el milagro (quizás acusando a quien preparó el fuego de haber hecho algo mal), hubiera vuelto a condenar a estos tres hombres asegurándose de que nadie supiera su historia.
Nabucodonosor somos nosotros. Tomamos decisiones según podemos y sabemos, elegimos lo que pensamos que debemos escoger… Y cuando llega el momento de reevaluar, al descubrir el error y el pecado, corregimos sabiamente y nos volvemos al recto camino. Así es, o así debería ser. Ojalá que esta Cuaresma –que ya casi termina– nos esté ayudando a evolucionar positivamente en este sentido. Estas semanas de preparación para celebrar los misterios de la Pasión y muerte del Señor son para eso: para desarrollar la sensibilidad suficiente que nos lleve a mirar con elegancia de alma y con esperanza cada cosa de la vida, incluso nuestros errores.
Hoy nos preguntamos: ¿Confío en Dios a la hora de enfrentar las situaciones de la vida?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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