Les vimos llegar con espadas y antorchas y nos escapamos. Los soldados eran muchos y nosotros simples pescadores. Teníamos miedo. Un día Él nos dijo que éramos pescadores de hombres, o sus amigos, sus discípulos, los doce, los elegidos, los apóstoles… Nos dio muchos nombres; tantos como abrazos y caricias. Porque Jesús nos amó mucho, lo sabemos. Y nosotros le quisimos con locura. Por eso dejamos todo y le seguimos. Le hicimos nuestro maestro, nuestro guía, la razón de ser de nuestra vida. Nos inventamos una nueva vida junto a Él, siguiendo sus palabras. Le amamos. Pero esa noche, en el Huerto de los Olivos, al escuchar los gritos y ver las espadas, tuvimos miedo. Como tantas veces los hombres se asustan por las cosas que les depara la vida y nos olvidamos de Él, como los hombres se olvidan de Dios. Y huimos, corriendo, a escondernos. Y le dejamos solo.

Seguimos juntos y a la vez muy solos porque su ausencia nos dejó vacíos. Reunidos, como Jesús nos dijo, pero huérfanos sin Él. En un mismo lugar, como tantas veces, como si aún fuéramos un grupo… pero todo era distinto. De repente estaba ahí, vivo, brillante, sonriente. Nos despertó su voz: “La paz con vosotros.” Era Jesús, el Señor. ¡Y estaba vivo! Poco importan ahora los errores del pasado, tampoco Jesús nos recriminó nada. Volvió a darnos amor, a llenarnos de paz, volvió a enviarnos por el mundo para ser sus testigos, no solamente repetidores de sus palabras, sino proclamadores de la resurrección de Jesucristo, liberadores de esclavitudes de pecado y muerte, edificadores de una nueva humanidad con Su gracia.
Volvimos por un tiempo a Galilea, a la pesca, a lo de siempre. Buscamos refugio en la comodidad de lo conocido. No fue fácil. Pasábamos noches enteras en la faena y regresábamos al amanecer con la barca vacía. Nada, ni un pescado. Como si ya no fuéramos pescadores. Como si el arte de la pesca nos escondiera sus secretos, hasta el día en que vacía la barca y vacías las esperanzas, volvíamos a casa sin nada. Jesús nos esperaba en la orilla, vio nuestra desesperación, nuestra tristeza, nuestro duelo, porque ya no le teníamos a Él ni teníamos nuestro oficio. ¿Y cuáles fueron sus palabras? “La paz con vosotros.” En su nombre echamos las redes y fue una pesca milagrosa. Nos llenó la barca y el corazón con el amor de Dios que nos desbordaba dentro. Con Cristo resucitado podríamos pescar todos los peces… pero elegimos pescar todos los hombres. Y salimos de nuevo a los caminos hasta el confín de la tierra, con un mensaje: Cristo ha resucitado y le hemos visto.
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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