El Evangelio de hoy, San Juan 2, 1-11, nos presenta el milagro de las Bodas de Caná, el cual fue la primera señal de Jesús. Señal inequívoca de que el Reino de Dios se estaba apareciendo en el mundo. Esta autorrevelación de Jesús se refiere, no sólo a ese evento en particular, sino a toda la misión que Dios iniciaría.

Jesús transformó el agua en vino. Es decir, transforma lo cotidiano en extraordinario. Esta es la naturaleza de su gloria, que es milagrosamente transformadora. Así mismo, Dios quiere realizar su obra en nuestro corazón y transformarlo.
En este pasaje también encontramos la conmovedora frase de María: «Haced lo que él diga.» Dándonos, por tanto, un mensaje claro de la importancia de hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas.
Todos sabemos lo que están viviendo nuestros hermanos en California. Les cuento que recientemente leí en las redes unos memes argumentando que ‘se lo buscaron.’ Porque, alegadamente, el día antes había un grupo de personas blasfemando y al día siguiente, el fuego.
Hermanos, no creo que Dios opere así. Si bien es triste ver algunos políticos tratando de sacar millaje, es aún más triste ver católicos con este tipo de argumento, que genera confusión y división. Sin darnos cuenta, estamos agrupando entre los ‘buenos’ y los ‘no tan buenos’ y finalmente, alejamos a nuestros hermanos de la iglesia.
Estamos llamados a amar a todos. No sólo a los que piensan como nosotros. Si no, corremos el peligro de convertirnos en fariseos.
Jesús, día a día, nos está transformando, a fuego lento. Porque nos ama a todos con locura.
Pídele hoy al Señor, que transforme el agua de tu vida en un vino mejor. Te aseguro que lo hará de forma abundante.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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