¿Hechos polvo?

“Mal empezamos,” solía decir mi madre cuando el primer comentario sobre algo era negativo. Recuerdo sentir lo mismo y repetirme la frasecita en la cabeza cuando, siendo niño, el sacerdote me imponía la ceniza y me recordaba que “polvo eres y en polvo te convertirás.” Ay, sí, polvo soy. Reconozco mi fragilidad, mi limitación, mi pequeñez, mi pecado. Desde muy niño me enseñaron a hacer examen de conciencia y a confesar mis pecados. A veces sentía tan marcada este parte de “confesar” que me quedaba “hecho polvo” (nunca mejor dicho) con un intenso dolor de los pecados que me impedía mirar a la misericordia de Dios. De mayor aprendí que las cosas eran diferentes.

¿Hechos polvo?

Hoy comenzamos la Cuaresma, un tiempo especial de preparación y de conversión. La confesión va a ser nuestra aliada también. Pero bien entendida. No basta reconocer nuestro pecado, no basta golpear nuestro pecho o humillarnos hasta “morder el polvo.” Confesarnos no es humillarnos para hundirnos, sino para convertirnos. Como dijo Mahatma Gandhi: “Uno debe ser tan humilde como el polvo para poder descubrir la verdad.” Y eso es lo que buscamos en Cuaresma: descubrir la verdad: ¿cómo está mi alma?, ¿cómo está mi relación con Dios?, ¿cómo estoy viviendo mi vida cristiana…? Bajamos al polvo, porque sin Dios somos polvo. Alguien dijo que “la soledad puede convertir a un hombre en polvo, pero el amor de una mujer lo convierte en una montaña.” Mucho más aún con el amor de Dios. Y sin Él, nuestro futuro será convertirnos el polvo otra vez.

Por eso es necesario vivir esta Cuaresma junto al Señor y su Iglesia. Es un camino individual, pero no solitario. Se hace en comunidad y comunión, junto a muchos otros (miles de millones repartidos por el mundo) que también desean saber la verdad actual y alcanzar la verdad definitiva de la gloria del cielo. Para poder cambiar de vida, haciendo de la nuestra más cercana al proyecto de Dios, disponemos de herramientas muy buenas: la oración, el ayuno, la limosna y la confesión. San Agustín dice que el ayuno y la limosna son «las dos alas de la oración,» con las que llega al cielo (Sermón 206, 3).

Es Miércoles de Ceniza. Estamos hechos polvo… pero resurgiremos de las cenizas y llegaremos al cielo. En eso estamos.

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Un Nuevo Comienzo
Juan L. Calderón

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