Guadalupe y las ratas del desván

La virgen se apareció en México a un joven azteca, Juan Diego, para solicitarle la construcción de un templo. Como señal para el obispo le lleva rosas en invierno. Éstas rosas estaban envueltas en una tela en la que aparece la preciosa imagen d la Virgen de Guadalupe, venerada hoy por numerosos peregrinos.

Guadalupe y las ratas del desván

Celebramos hoy nuestra Señora de Guadalupe. En cierta ocasión Juan Diego estaba triste por la enfermedad de su tío Bernardino. Entonces se le presenta María por cuarta vez y le dice unas palabras tan tiernas, tan de madre cariñosa, que conviene que resuenen hoy en los oídos de todos los que somos hijos suyos: «Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí? ¿No soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más necesitas? Que nada te apene ni te inquiete; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; estate seguro de que está sano.»

Nos va bien esta protección y cuidado de nuestra Madre, porque todos estamos enfermos por el pecado, y podríamos desanimarnos o entristecernos. Trataré de decirlo gráficamente.

«Cuando rezo mis plagarías nocturnas —explica C.S. Lewis, el autor de los cuentos de Narnia— e intento hacer un recuento de los pecados del día, nueve veces de cada diez se trata de algún pecado contra la caridad; me he enfurruñado o he contestado bruscamente o me he burlado o he despreciado a alguien o he dado rienda suelta a mi ira.» Y añade que casi siempre es porque se trata de situaciones que le sorprenden, en las que no se puede controlar. Esos comportamientos son muy interesantes para saber cómo soy, porque «no cabe duda de que lo que un hombre hace cuando lo sorprenden es la mejor evidencia de lo que ese hombre es»: lo que me sale sin poder controlarlo es lo que mejor me dice precisamente cómo soy, aunque lógicamente no sea eso lo que quisiera ser.

Con este ejemplo quedará más claro lo que queremos decir. «Si hay ratas en el desván (en el trastero) es más probable que las veáis si entráis allí de repente. Pero ese de repente no crea a las ratas; sólo les impide esconderse. (…) Las ratas siempre están allí en el desván; pero si entráis dando gritos se habrán puesto a cubierto antes de que hayáis encendido la luz.» Si entras sin hacer ruido y con cuidado, no les darás tiempo a esconderse, y las pillarás fuera de juego: seguramente verás todas las ratas que por allí campean a sus anchas.

Cómo soy, qué hay en nuestro corazón, podemos conocerlo mejor en esas situaciones en las que nos encontramos fuera de juego: cuando estamos cansados, cuando algo es un imprevisto, cuando tengo mucho sueño, estoy cansado o tengo mucha hambre… Entonces observamos en nosotros que controlamos menos y que sale más basura de dentro: malas reacciones, sentimientos de venganza o envidia, enfados, resentimientos, rebeldía, mal carácter… En las excursiones o salidas de verano se nota: al principio todo es fantástico; cuando se lleva un tiempo, el calor cansa y se ha dormido poco… empiezan los choques.

Esas ratas de mi desván, esos prontos con los que reacciono son los que me dicen cómo soy yo, qué hay dentro de mi corazón. Es importante que reconozcamos que somos así, que aunque nos gustase ser de otra manera somos como somos.

Reconocerlo. Si no, como no nos gusta la verdad sobre nosotros mismos, terminamos echando la culpa a los demás, o nos excusamos con los famosos «es que», «pensé que», «creí que».

La reacción lógica al encontrar una nueva rata en mi desván deberá ser alegrarme: «Ahora sé algo mejor cómo soy, Señor. Pero no me preocupa porque tú eres mi Salvador, tú me librarás de mi pecado.» Y le pediremos con el salmista: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quietes tu santo espíritu». Es lógico: como son comportamientos que salen sin quererlos, la única forma de cambiarlos es pidiendo a Dios que seamos de otra forma, que nos cambie el corazón.

Ven, Señor Jesús. Ven y cambia mi corazón, dame uno como el tuyo. Que sepa amar, que tenga mejores sentimientos. Que de verdad nazcas en mí estas Navidades, porque lo necesito. ¡Que nazcas en todos los cristianos! Santa María, hoy que celebramos la fiesta tuya bajo el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, quiero decirte: ¡Bendita sea tu pureza! Consigue para todos tus hijos un corazón puro, renuévanos por dentro. Que no olvide que tú me cuidas, que tú eres mi madre. Felicidades.

Ahora te toca a ti comentarle a Jesús sobre las últimas ratas que has sorprendido en tu alma.


Fuente: Diciembre. Adviento. Navidad, por el Padre José Pedro Manglano.

Comentarios

  1. Amen ! Gracias Muchas Gracias Sr. Romualdo por esta Reflexión ,justamente ,en el momento recibo estas reacciones , en Hnos e Hija .Bendita Sea Madre de Guadalupe .Abrazos

    Ma del Rosario de la Rosa V

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