Tú vienes de una larguísima fila de gente. Una hilera de hombres y mujeres que trabajaron, creyeron y criaron sus hijos. Vivieron y murieron para que tú estuvieras hoy aquí. No empezaste de la nada. Heredaste un apellido, una cara, una manera de reír, y muchas cosas más que ni siquiera sabes que cargas. Vuélvete un momento y míralos. Vale la pena ver de dónde vienes, porque ahí está escrita buena parte de lo que eres.

Para tu tatarabuelo, Dios no era una opinión que se discutía: era el suelo que pisaba. Se persignaba al pasar frente a la iglesia sin darse cuenta de que lo hacía, como quien respira. Las campanas le ordenaban el día —el Ángelus al amanecer, al mediodía, al caer la tarde—, y la fiesta del santo patrón era el corazón del año entero. Bautizar a un hijo no se decidía; se daba por hecho, igual que ponerle nombre. Esa misma fe la recibió completa tu bisabuelo, que la rezaba en familia cada noche, de rodillas, con el rosario gastado entre los dedos. De casas como la suya salían sacerdotes y monjas sin que nadie levantara una ceja; era lo natural, una más entre las cosas buenas que da una familia.
Tu abuelo fue el primero que se atrevió a preguntar. Le pareció que la Iglesia pedía demasiado y prometía poco; miró de reojo otras sabidurías traídas de Oriente, más suaves, más a su medida; aprendió a creer sin pertenecer, a quedarse con Dios y devolver la institución. Todavía bautizó a sus hijos, pero la fe que les pasó iba ya sin brasa. Tu padre la guardó en un cajón privado: asunto personal, opcional, cosa de domingo si sobraba el tiempo. Te dejó libre para que escogieras tu camino espiritual, sin haberte enseñado nunca a escoger.
Y llegaste tú, que—apenas—dices “Dios sí, religión no”. Pruebas con una aplicación de meditación, con el horóscopo del teléfono, con un poco de yoga sin alma, porque el hueco que dejó Dios sigue ahí y algo hay que ponerle. Eres la generación que menos cree de toda la fila. Entras a una iglesia como entra un turista: miras el techo, sacas una foto, sales. Y la Eucaristía, si acaso la recibes, te sabe a símbolo. El Misterio más grande que pisa la tierra te pasa por delante, y nadie te enseñó a reconocerlo.
La casa de aquel tatarabuelo, la misma que se llenaba de fe, se llenaba con idéntica naturalidad de hijos. Ocho, diez, doce, criados bajo un mismo techo con los abuelos en el cuarto del fondo y algún tío soltero de paso. Casarse era para toda la vida, sin letra pequeña; el divorcio casi ni se nombraba; pesaban la promesa, el qué dirán, la dependencia, la fe y una idea del matrimonio que no se deshacía al primer temporal. Tu bisabuelo levantó una familia todavía numerosa, con el padre que proveía y la madre que sostenía la casa, y un matrimonio que aguantaba los temporales precisamente porque se había prometido delante de Dios y no solo delante de un juez.
Tu abuelo tuvo menos hijos, y fue testigo del primer divorcio de la cuadra, ese del que se hablaba en voz baja. La madre empezó a salir a trabajar, y la casa se quedó un poco más vacía por las tardes. Tu padre creció entre familias partidas y vueltas a armar —los tuyos, los míos, los nuestros—, se casó tarde o no se casó, y aprendió que todo arreglo sirve mientras dure y no incomode. Y tú ya no le ves sentido al matrimonio. Convives, pruebas, sigues; firmar te parece una formalidad antigua. Tener un hijo lo guardas para más adelante, si la carrera lo permite, si el dinero alcanza, si te quedan ganas; muchos de los tuyos han decidido que mejor no. La mesa de tu tatarabuelo se quedaba corta de sillas. La tuya tiene sillas de sobra, y demasiadas noches cenas solo, con el teléfono apoyado contra el vaso para no sentir tanto el silencio.
En aquella mesa repleta, además del pan, se repartía una certeza: que la verdad era una sola, la misma para el rico y para el pobre, y que un hombre valía exactamente lo que valía su palabra. El pudor se daba por descontado. Y cuando tu tatarabuelo quería enseñarle a un hijo cómo se vive, no le soltaba un sermón: le contaba la vida de un santo, y dejaba que la historia hiciera el trabajo. Tu bisabuelo heredó esa moral compartida, ese terreno firme donde el bien y el mal estaban en su sitio y todos sabían cuál era cuál.
Tu abuelo sintió temblar ese suelo. Llegó la píldora anticonceptiva y separó, como nunca antes, el placer de la fecundidad; se puso de moda una palabra nueva, “autorrealización”, que ponía el yo en el centro de todo; y el cuadro del Sagrado Corazón en la sala fue cediéndole el puesto al ídolo de la pantalla. Tu padre hizo de la tolerancia su único mandamiento —“vive y deja vivir”—, convirtió la moral en un asunto estrictamente privado y perdió el valor de decirle a nadie que algo estuviera mal, no fuera a sonar anticuado o lo llamaran intolerante. Y a ti te criaron oyendo que hay “mi verdad” y “tu verdad”, como si la verdad se eligiera igual que se elige el sabor de un helado; que hasta lo que eres es fluido, negociable, cambiante según el día. Tus modelos son atletas, artistas y caras de internet —“influencers” les llaman— que el año que viene nadie recordará, y de los santos no te queda ni el nombre. Y, sin embargo, en lo más hondo sigues teniendo hambre de algo verdadero, de algo lo bastante grande como para entregarle la vida. Esa hambre te la dejaron ellos. No la inventaste tú, y no se te quita con nada de lo que te venden.
Heredaste también un cuerpo, y al cuerpo le fue pasando algo muy parecido. Tu tatarabuelo comió lo que daba la tierra y trabajó de sol a sol. Su vida fue dura y muchas veces corta, pero su cuerpo se movía todo el día y su comida era comida de verdad, sin nombres impronunciables en la etiqueta. Tu bisabuelo siguió comiendo casero y sobrio, y alcanzó a ver llegar la medicina moderna que empezó a regalarle años a la gente. Tu abuelo conoció la abundancia, y con ella la primera hamburguesa rápida y el carro que vino a jubilar a las piernas; todavía se cocinaba en casa, pero el cuerpo empezó a pasar más horas sentado. Tu padre normalizó lo procesado, la pantalla encendida durante la cena y la pastilla para poder dormir; subió de peso y, sin saber bien por qué, le bajaron las ganas de vivir.
Y tú: más de la mitad de lo que te llevas a la boca apenas merece llamarse alimento. Estás rodeado de todas las comodidades con las que tus abuelos ni soñaron y, aun así, tu generación se hunde en la ansiedad, en la soledad, en la droga que adormece y el trago que tapa el hueco. La esperanza de vida creció sin pausa por más de un siglo, hasta que la pandemia borró de golpe casi una década de ese progreso. Y al más indefenso de la fila, al niño que todavía no ha nacido, aprendimos a apartarlo del camino y a ponerle al gesto un nombre limpio: “salud reproductiva”. Detente aquí un momento, que esto pesa. En el mundo se apagan cada año tantas vidas pequeñas que, si guardáramos un solo minuto de silencio por cada una, tendríamos que callar casi un siglo y medio seguido, de día y de noche, sin un respiro. Casi un siglo y medio de silencio por lo que el mundo se hace a sí mismo en doce meses. Ese silencio también te lo heredaron, y nadie te preguntó si lo querías.
Hasta aquí, todo lo que te llegó venía cuesta abajo. Una sola cosa, en toda esta historia, corrió en sentido contrario, cuesta arriba: lo que aquella gente fue capaz de hacer con sus manos. Tu tatarabuelo andaba en carreta y le ganaba la noche a una vela; una carta suya tardaba semanas en cruzar el mar, y a veces llegaba después que la noticia de su muerte. Tenía poquísimo. Pero todo lo suyo tenía rostro y voz: trabajaba con las manos, compraba mirando a los ojos, despedía a los que se iban abrazándolos en el muelle. Tu bisabuelo vio llegar el automóvil, la luz eléctrica y la radio, alrededor de la cual se sentaba la familia entera a la misma hora. Tu abuelo metió el televisor en la sala y vio a un hombre caminar sobre la Luna. Tu padre encendió la primera computadora de la casa y abrió la puerta del internet, y de pronto el mundo entero empezó a caber en una pantalla.
Y tú naciste con un teléfono en la mano. Llevas en el bolsillo todo el saber acumulado de la humanidad, todo, y jamás una generación estuvo tan sola como la tuya. Conversas con máquinas que aprendieron a fingirte cariño. Coleccionas cientos de amigos a los que nunca podrías abrazar. Y el rostro de quien tienes sentado al lado se te ha vuelto invisible, porque estás mirando hacia abajo. Eso es lo único que de verdad avanzó en toda esta historia: la herramienta. Brillante, veloz, deslumbrante. Y sin alma. El propio Papa, León XIV, lo advirtió hace poco con todas sus letras: estamos dejando que otros, y ahora hasta las máquinas, piensen por nosotros, y estamos cambiando a las personas de carne y hueso por vínculos fingidos. Ganaste el mundo entero; te cabe en la palma de la mano. Lo único que se te está escapando es lo único que no cabe en ninguna pantalla. Y ya Alguien lo había preguntado, hace dos mil años, sin que el tiempo le quitara el filo: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mt 16,26).
Quizá pienses que todo esto es la queja de siempre, la del viejo que jura que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cohélet, el más sabio y el más desengañado de los hombres, te ahorra la discusión: «No digas: ¿Cómo es posible que el pasado sea mejor que el presente? Pues no es de sabios preguntar sobre ello» (Qo 7,10). No se trata de añorar lo de antes. Un tiempo se vuelve bueno o malo por lo que la gente hace de él. Y este tiempo, con toda su herencia rota a cuestas, es el tuyo.
Tienes delante dos caminos, y solo dos. Uno es la autopista: ancha, iluminada, rapidísima, repleta de gente que corre a toda velocidad hacia ninguna parte. El otro es la carretera vecinal, la lenta, la que pasa por el campo, por la casa de los abuelos, por la puerta abierta de una parroquia. Parece de otro siglo, esa segunda carretera. Y es la única que llega a algún lado.
Porque la cadena que se fue soltando eslabón por eslabón, alguna vez se sostuvo entera. San Pablo se lo recuerda a su discípulo Timoteo: la fe que ahora arde en él ardió primero en su abuela Loida, después en su madre Eunice, y de ellas pasó a él sin perder una sola chispa (cf. 2 Tm 1,5). Tres generaciones seguidas, pasándose lo más valioso de mano en mano sin que se cayera al suelo. Eso era lo previsto. Eso es lo que en algún punto se interrumpió. Pero una cadena rota no es una cadena perdida: los eslabones siguen ahí, en el suelo, esperando que alguien se agache y los recoja.
Y —siempre hay una buena noticia— alguien se está agachando. En sitios pequeños, callados, la cadena se vuelve a unir. Brotan vocaciones donde un puñado de fieles se quedó haciendo compañía al Santísimo. Llegan jóvenes por cientos de miles, jóvenes de tu edad, a las grandes citas con el Papa. En lugares como Medjugorje, vuelven a formarse las filas para confesarse. No es primavera todavía; son brotes verdes asomando en tierra reseca. Pero fíjate bien dónde asoman todos: en el mismo lugar, junto al Sagrario, allí donde alguien volvió a doblar la rodilla.
Dios no se movió de su sitio. Es el mismo de tu tatarabuelo y será el mismo de tus nietos; el mismo siempre, siempre, siempre. Los que nos fuimos moviendo fuimos nosotros, un paso atrás cada generación, hasta dejarte a ti al final de la fila con la cadena en las manos. Y la pregunta más importante de tu vida ya no la responde tu tatarabuelo, ni tu abuelo, ni tu padre. La respondes tú, hoy, tú solo: ¿la dejas caer del todo, o te agachas a recoger lo que llegó hasta ti?
Te dejo con las palabras de San Agustín, que persiguió la hermosura del mundo entero antes de descubrir que la llevaba dentro:
Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
¡tarde te amé!
Y tú estabas dentro de mí, y yo fuera,
y por fuera te buscaba.
Tú estabas conmigo,
mas yo no estaba contigo.
Me llamaste y clamaste,
y rompiste mi sordera;
brillaste y resplandeciste,
y curaste mi ceguera;
exhalaste tu fragancia, la respiré,
y ahora suspiro por ti;
te gusté,
y ahora tengo hambre y sed de ti;
me tocaste,
y me abrasé en deseo de tu paz.

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