Toledo, invierno de 1577. La celda apenas medía lo justo para tenderse en el suelo. Había sido una letrina, pegada a la sala donde dormían los frailes de paso, y ahora guardaba a un hombre. Por una rendija alta entraba un hilo de luz unas pocas horas al día, y de noche el rumor del Tajo subía desde el fondo del barranco. Pan, agua, alguna sobra de pescado salado. Cada semana lo llevaban al refectorio, lo descubrían de cintura para arriba y lo azotaban delante de la comunidad. Después lo devolvían a la oscuridad.

Y en esa oscuridad, el hombre componía. De memoria, verso por verso, hasta que un carcelero compasivo empezó a pasarle papel a escondidas. Se llamaba fray Juan de la Cruz. Lo habían encerrado sus propios hermanos de hábito, los carmelitas que se oponían a la reforma que él llevaba adelante junto a Teresa de Jesús. Querían quebrarlo. Llevaba ya muchos meses allí dentro.
De aquella celda salieron algunos de los versos más altos de la poesía en español. Allí nació el Cántico espiritual, ese largo poema de amor entre el alma y Dios que Juan modeló sobre el Cantar de los Cantares. Y en el corazón del Cánticohay una estrofa breve que habla de un alma morena —oscurecida, gastada— a la que una mirada deja hermosa.
La imagen viene del mismo Cantar, donde la esposa se presenta así ante las demás: «Soy morena, pero hermosa, muchachas de Jerusalén» (Cant 1,5). Morena por fuera —con la tez bronceada por el trabajo obligado a los esclavos—, y aun así digna de ser amada. Juan tomó esa figura y la llevó hasta el fondo: el alma trae encima el color moreno del pecado, de los años, de las heridas… y aun así, Dios la mira.
Lo que Juan entendió en esa cárcel cabe en una sola frase de su comentario al poema: “el mirar de Dios es amar y hacer mercedes”. La mirada de Dios hace lo que dice; deja en el alma aquello que nombra. Mira lo moreno y, en el acto mismo de mirarlo, le entrega gracia y hermosura. No la encuentra hermosa y por eso la ama: la ama, y por eso la vuelve hermosa.
Siglos antes, esa misma mirada se había posado sobre otro hombre que se sabía moreno por dentro. Mateo recaudaba impuestos para Roma, oficio de traidores a los ojos de su pueblo, y estaba sentado a su mesa de cobro cuando Jesús pasó. San Beda lo cuenta despacio: Jesús lo vio “más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales”, lo miró con misericordia y lo eligió —miserando atque eligendo— en un mismo gesto. Le dijo «Sígueme» (Mt 9,9), y el publicano despreciado se levantó hecho apóstol. La mirada que se posó sobre él iba dejando lo que veía.
Tú y yo cargamos también nuestro color moreno: eso que escondemos, lo que creemos que nos vuelve impresentables delante de Dios. A veces rezamos como quien se cubre ante una inspección, esperando que Él pase por alto la mancha y no mire demasiado de cerca. Y su mirada trabaja al revés de ese miedo: donde se posa, deja hermosura. Lo hizo en una celda inmunda, con un fraile medio muerto de hambre. Lo hizo en una mesa de impuestos, con un hombre que todos daban por perdido. Y lo quiere hacer contigo, hoy, tal como llegas.
Juan salió de aquella cárcel descolgándose por una ventana, una noche de agosto de 1578. Salió con el cuerpo deshecho y el alma llena de luz, y con unos versos aprendidos de memoria que la Iglesia no ha dejado de rezar. Déjate mirar por Quien los inspiró. Esa mirada llega hasta el fondo de la celda y deja gracia donde encuentra sombra.
Aquel preso es hoy San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia y uno de los grandes místicos de todos los tiempos. Te dejo con uno de los versos que escribió en aquella oscuridad, acompáñame a orar con ellos:
No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
Señor, Dios de compasión y misericordia, hoy vengo ante Ti con todo cuanto cargo: mis luchas, mis pecados, mis debilidades, mi falta de dignidad y lo poco que sé amar. Vengo como quien arrastra los pies, doblado bajo su propio peso.
Tengo miedo de que me mires, lo confieso. Me avergüenzo de lo que soy. Y aun así vengo, con la confianza de quien se sabe hijo, hermano, amigo. No porque lo merezca, sino porque así Tú lo has querido.
Me presento ante Ti y te pido: ¡mírame! Que al posar tu mirada sobre este pecador, dejes gracia y hermosura en esta pobre alma. Confío en tu amor y repito, como el leproso: «Si quieres, puedes limpiarme».

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