En el manantial de gracia

Desde niño he sentido fascinación por los relatos de milagros del Nuevo Testamento. Me admira la simplicidad con la que Jesús hace lo que para cualquier otro ser humano es imposible: hacer un milagro. Lo más hermoso de los milagros de Jesús es que los hace con naturalidad, con sentido, con lógica… y con fe. Digo que los hace con lógica porque Jesús no pone alas a una mesa o hace que le salga un tercer brazo a alguien; por el contrario, los milagros de Jesús lo que hacen es restaurar lo que debería ser y no es. Por ejemplo, el paralítico que espera que las aguas de la piscina de Betesda se muevan con la esperanza de que al lavarse se curará (Jn 5, 1-16). Lo que recibe es justo lo que necesita: sanación de sus piernas. Se levantó y se fue caminando. Así de simple, así de maravilloso.

En el manantial de gracia

El profeta Ezequiel (ver capítulo 47) había tenido ya una visión en la que manaba abundantemente agua por las puertas del templo. Y, además, esas aguas inundarán el mundo purificándolo y llevando vida dondequiera que llegue la corriente. El hombre de Betesda cree –como muchos de su tiempo– que las aguas de la piscina son milagrosas. Pero en realidad es Dios quien hace el milagro. No son aguas mágicas, sino la gracia de Dios que sana.

Siguiendo la visión de Ezequiel y como discípulos de Jesús, la Iglesia es –sí, ya es– manantial de esa gracia. Como cuerpo de Cristo, la Iglesia continúa la obra del Señor llevando salud espiritual a quien se acerca a la fuente de la gracia. Y también suceden continuamente milagros físicos. Dios sigue obrándolos y los cristianos nos sabemos depositarios de esa gracia y la repartimos generosamente por todos los rincones de la tierra. La Cuaresma nos hace ser conscientes de la necesidad de estar unidos a Dios y a la Iglesia, manantial de gracia.

Para reflexionar hoy: ¿Qué milagro le pido a Dios?

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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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