La esperanza de algo nuevo siempre nos emociona. Por ejemplo, el día de nuestro cumpleaños esperamos que sea un día diferente, alegre, mejor. Cuando nos casamos, nuestro corazón arde ante la expectativa de una vida diferente que comenzamos, al ir a vivir juntos por primera vez, compartir todo en pareja y más adelante en familia. El 1 de enero saltamos de gozo, brindamos, festejamos porque comienza un nuevo año, incluso cuando en realidad nada destacado comienza el 1 de enero. Buscamos que todo tenga un nuevo comienzo.

La Cuaresma sabe a arrepentimiento y conversión, pero también sabe a promesa de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65, 17). Todo lo que estamos haciendo durante estas semanas (ayuno, limosna, oración, leer este librito de meditaciones, etc.) está orientado a esta renovación espiritual y física. Será volver a nacer del agua y del Espíritu en la gran culminación de la Vigilia Pascual. Ya no podemos conformarnos con seguir como hasta ahora, ni con cualquier cosa. Hemos descubierto que el Señor quiere lo mejor para nosotros y a eso aspiramos ahora. No será solamente remendar lo estropeado: Dios promete algo completamente nuevo. Y eso queremos.
Por eso esta Cuaresma es recuerdo permanente del bautismo, donde todo comenzó, donde todo adquirió nuevo sentido, nuevo rumbo, donde empezó un cielo nuevo y una tierra nueva para cada uno de nosotros y para todos juntos. Dediquemos un poco de tiempo hoy a meditar sobre nuestra condición de bautizados.
La pregunta de este día es: ¿Cómo me siento al recordar que soy un bautizado?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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