El juglar de la Virgen

Hay una historia que lleva ochocientos años caminando.

Nació como un poema en francés antiguo —Del tumbeor Nostre Dame, “El saltimbanqui de Nuestra Señora”—, escrito hacia 1230 por un autor cuyo nombre nadie recuerda. Circuló por la Edad Media, se coló en los manuales de predicadores, y después se perdió de vista durante casi cuatrocientos años. En 1873 un filólogo alemán la imprimió por primera vez y la historia volvió a echar a andar. Anatole France la convirtió en cuento en 1890, Massenet la puso en el escenario de una ópera en 1902, un ilustrador norteamericano la contó para niños en 1978. Uno de los últimos en recogerla fue Paulo Coelho, que la puso en el prefacio de El Alquimista diciendo que se la había contado su maestro.

El juglar de la Virgen

Ocho siglos saltando de mano en mano, y sigue viva. Ya verás por qué.

La historia dice así:

Un juglar iba de pueblo en pueblo ganándose el pan con lo que sabía: dar volteretas, saltar, bailar. Un día sintió el vacío del mundo, regaló el caballo, la ropa y el dinero, y entró como hermano lego en la abadía de Claraval.

Adentro se encontró con una casa donde cada quien tenía su oficio. Los sacerdotes en el altar. Los monjes cantando el oficio a todas las horas del día. Los más torpes, al menos, con sus Padrenuestros. Y él llegaba con las manos vacías: sin latín, sin salmos, sin siquiera el Avemaría. Miraba a sus hermanos y se decía a sí mismo que allí él era como un buey atado que solo servía para comerse la comida de los demás.

Una mañana, mientras la comunidad cantaba la Misa, bajó a la cripta. Sobre un altar había una imagen de la Virgen con el Niño en brazos. Se quitó el hábito, se quedó en la túnica corta, y le habló:

“Señora, no sé cantar ni leer para ti. Voy a escoger para ti y para tu Hijo mis mejores saltos. Déjame ser como un cabrito que brinca delante de su madre.”

Y empezó a saltar. Hizo la vuelta de Metz, la francesa, la de Champaña, la española, la de Bretaña. Hizo la romana, con la mano en la frente, y danzó delante de la imagen mirándola con los ojos llenos de lágrimas, porque no conocía otra manera de rezar. Aguantó bailando lo que duró la Misa, hasta que las piernas le fallaron y cayó al suelo empapado en sudor. Entonces le dijo: “Señora, hoy ya no puedo más. Pero dile a Jesús que vuelvo”.

Y volvió. A cada hora del oficio, durante años, mientras arriba cantaban, él se llegaba a la cripta a ofrecerles sus saltos a la Virgen y al Niño.

Un monje lo descubrió y fue a contárselo al abad. Los dos se escondieron en un rincón para ver aquello con sus propios ojos. Mientras el juglar yacía en el suelo, agotado, del techo de la bóveda bajó una Señora vestida de oro y piedras preciosas, rodeada de ángeles y arcángeles. Traía un lienzo blanco en la mano. Se acercó a su juglar y lo abanicó con cuidado, le refrescó el rostro, el cuello, el pecho. Le secó el sudor.

Él nunca se enteró de que tenía semejante compañía.

El abad lo mandó llamar poco después. El pobre hombre llegó llorando, arrodillado, convencido de que lo iban a echar a la calle. El abad se inclinó, lo levantó del suelo, lo besó en los ojos y le pidió una sola cosa: que siguiera haciendo exactamente lo mismo. Y aún mejor, si sabía.

El poema se detiene ahí a explicar el sentido de todo, con una franqueza que sorprende para el siglo XIII. Por mucho que ayunes y veles, por mucho que llores y te mortifiques, por mucho que des y pagues todo lo que debes, si el corazón anda sin amor, todo aquello resulta inútil. Lo que Dios pide es amor verdadero. Y eso fue lo que ofrecía el juglar.

Hay hombres que llegan a Dios por el camino largo: los libros, la teología, las horas de estudio y las palabras exactas. Es un camino bueno y la Iglesia lo necesita.

Pero hay otros que llegan por otro camino: el de la humildad, el de las cosas simples, el de poner delante de Dios lo poco que uno es y lo poco que uno tiene. Como la viuda del Evangelio, que echó dos monedas en el arca del Templo y Jesús dijo que había echado más que todos los demás juntos, porque «echó todo lo que tenía» (Mc 12,44).

Los dos caminos llegan al mismo sitio: al Corazón de Dios.

Así que hoy no te preocupes tanto por lo que te falta. Ofrece mejor lo poco que tengas: tu trabajo, tu paciencia, tu cansancio, la comida que vas a cocinar esta tarde. Ofrécelo con amor, que es lo único que Dios pide de nosotros.

El poema termina con una oración. Acompáñame a rezarla, ochocientos años después:

Ahora pidamos a Dios —nada hay que se le iguale—
que nos conceda servirle tan bien
que lleguemos a merecer su amor.
Amén.

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