«El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!” Y el que oiga, diga: “¡Ven!”» (Ap 22, 17).

Mañana es Pentecostés.
Llevamos seis días caminando hacia esta Solemnidad. Hemos conocido al gran desconocido que habita en nosotros desde el bautismo. Hemos descubierto que es una Persona — Amor subsistente, eterno, personal. Hemos visto que ese Amor es el alma de la familia que llamamos Iglesia. Hemos tocado las primicias de la vida eterna que ya llevamos dentro. Y ayer escuchamos su voz en la conciencia, esa voz que ilumina y señala la herida para llevarla al médico.
Esta noche, en la Vigilia, solo queda una palabra. Una palabra breve, pero con un significado profundo que vive desde hace siglos en la tradición cristiana.
¡Ven!
En 2024, el Papa Francisco dedicó una serie de catequesis al Espíritu Santo y la Iglesia. Las tituló El Espíritu y la Esposa, tomando el título de uno de los últimos versículos de la Biblia: «El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”» En su última catequesis, Francisco se detiene en algo que vale la pena contemplar despacio. Ese grito — ¡Ven!— estaba dirigido originalmente a Cristo resucitado. La Iglesia y el Espíritu clamaban juntos al Señor que ha de volver. Pero con el tiempo, la misma Iglesia comenzó a dirigir ese grito al Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus. Veni Creator Spiritus. Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu Creador.
Y aquí está una de las paradojas más hermosas de toda la vida espiritual: el que nos enseña a orar es el mismo al que oramos. El Espíritu Santo nos pone en los labios la invocación que le pedimos que responda. Él mismo pone el ¡Ven! en nuestra boca, y Él mismo responde a ese deseo con su presencia. Como escribe Francisco: el Espíritu es al mismo tiempo el que clama y el que es clamado, el que despierta el anhelo y el que lo colma.
Eso significa que cuando hoy, o en cualquier otro día, sientas el deseo de que Dios esté más presente en tu vida — ese deseo ya es obra suya. El anhelo de Dios en ti es Dios moviéndose en ti. Las ganas de orar son ya una forma de oración. El ¡Ven! que sube de tu corazón lo puso Él antes de que tú lo sintieras.
Francisco cierra su ciclo de catequesis con una imagen preciosa: el Espíritu Santo es la vela que impulsa la barca de la Iglesia a navegar por el mar de la historia. Sin Él, la barca está quieta. Con Él, avanza — aunque el mar esté revuelto, aunque los remeros estén cansados, aunque la orilla no se vea todavía. La esperanza cristiana no es optimismo. Es la certeza de que el Viento de Dios sigue soplando, y de que la vela de la Iglesia sigue abierta a su fuerza.
Mañana la Iglesia entera renovará ese primer Pentecostés. El mismo Espíritu que descendió sobre María y los apóstoles en el Cenáculo descenderá de nuevo — sobre los que rezan en Roma y en Manila, en Ciudad de México y en Nairobi, en Ocala y en cualquier rincón del mundo donde alguien abra el corazón y diga, con fe y con ganas:
¡Ven!
Súmate tú también a ese clamor. Deja que sea el Espíritu quien te enseñe a pedirlo. Y espera con confianza: Él siempre viene.
Secuencia de Pentecostés
Veni, Sancte Spiritus
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

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