El camino hacia Pentecostés 4 — Las primicias

«Nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rom 8, 23).

El camino hacia Pentecostés 4 — Las primicias

El agricultor que corta los primeros frutos de la temporada y los ofrece a Dios está reconociendo algo real: que lo que tiene en la mano es genuino, es fruto verdadero, es ya la cosecha — aunque la cosecha plena todavía esté por llegar. Las primicias son el futuro hecho presente. La promesa que ya se puede tocar.

San Pablo usa esa imagen para hablar del Espíritu Santo. Y Raniero Cantalamessa, capuchino italiano que durante décadas fue el predicador de la Casa Pontificia, dedicó uno de sus libros más profundos a desgranar ese versículo de la carta a los Romanos. Cantalamessa insiste en que: el Espíritu Santo que habita en nosotros ahora es la primicia de la vida eterna. La vida eterna no es solo algo que esperamos al final del camino. Es algo que ya comenzó. Tenemos entre manos los primeros frutos de una cosecha que se completará en el cielo.

Detente un momento en eso.

Cuando el Espíritu Santo ora en ti, cuando te mueve a un acto de caridad que no habías planeado, cuando, en medio de la oración, sientes una paz que el mundo no puede dar — no es un ensayo de lo que vendrá. Es ya la vida eterna actuando en ti. Primicias reales de una vida que ya comenzó. El mismo Espíritu que glorifica a Cristo en el cielo es el que habita en tu corazón ahora mismo.

Cantalamessa señala algo que cambia la manera de leer la propia vida espiritual: el Espíritu Santo en nosotros es al mismo tiempo don y garantía. Don, porque ya lo tenemos. Garantía, porque su presencia es la prueba de que la promesa se cumplirá. San Pablo lo llama en otro lugar “arras” — el término que usaban en los contratos antiguos para designar el pago adelantado que sellaba el compromiso. Dios nos ha dado al Espíritu Santo como arras de la herencia que nos espera. La herencia ya está prometida. La vida nueva ya comenzó.

Esto transforma la manera de vivir la espera.

Porque la espera cristiana no es la espera del que mira el horizonte con las manos vacías. Es la espera del agricultor que ya tiene las primicias en casa y sabe, con la certeza que da el fruto en la mano, que la cosecha viene. Esperamos lo que ya hemos comenzado a recibir. Anhelamos la plenitud de lo que ya nos ha sido dado en germen.

En estos días previos a Pentecostés, vale la pena preguntarse: ¿Reconozco las primicias? ¿Soy consciente de lo que el Espíritu Santo ya está obrando en mí, de los primeros frutos que ya están madurando? A veces vivimos tan pendientes de lo que nos falta que no advertimos lo que ya tenemos. El Espíritu Santo lleva en nosotros su obra desde el bautismo — sembrando, regando, esperando que le demos espacio para dar fruto.

Pentecostés se acerca. Y con él, la renovación de aquella efusión primera. Pero la efusión no viene a un campo vacío. Viene a uno que ya está sembrado.

Oración para pedir los dones del Espíritu Santo

Eterno Padre, en nombre de Jesucristo
y por la intercesión de la Siempre Virgen María,
envía a mi corazón al Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Sabiduría.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Entendimiento.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Consejo.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Fortaleza.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Ciencia.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don de Piedad.
Ven, Espíritu Santo, y dame el don del Santo Temor de Dios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo;
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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