El camino de Cuaresma 40

decide
¿qué morirá en ti esta semana,
para resucitar junto a Jesús?

Hoy Jesús llega a Jerusalén y entra montado en un borrico… para nosotros esto podrá parecernos signo de humildad, pero para los judíos en tiempo de Jesús ese hecho representaba realeza. Jesús es Rey, pero un Rey que rompe todos los esquemas para mostrarse cercano y solidario con su pueblo. Los reyes del mundo esperan que sus súbditos den la vida por ellos. Pero Jesús no… es Él quien ha venido a dar la vida por nosotros. Una realidad que la liturgia nos enmarca entre la entrada triunfal y el relato de la Pasión. Ha llegado la Hora… Jesús, que se despojó de su divinidad para hacerse Hombre, ahora se despojará de su humanidad para ser juzgado, condenado y muerto en una cruz como el más despreciable de los criminales. Esta semana Dios lo terminará de entregar TODO, con tal de que tú y yo podamos salvarnos.

Es una semana de emociones fuertes, tan así que la Iglesia nos propone prepararnos durante 40 días para vivirla a plenitud. Es una semana de luchas, pero también es una semana de victorias… porque al final la muerte y el pecado serán vencidos en la Resurrección. Pero aunque nosotros conocemos el final de la historia, no nos apresuremos por llegar a él. Al contrario, vayamos despacio y caminemos junto con Jesús. Acompañándolo… y despojándonos de aquello que nos dificulta ayudarlo a cargar su cruz. Fíjate, si Jesús esta semana dará su vida por nosotros, ¿no crees que nosotros —tú y yo— también deberíamos estar dispuestos a morir con Él? Solamente muriendo a nosotros mismos podremos alcanzar junto a Jesús la gloria de la Resurrección.

Hoy completamos nuestro camino de Cuaresma con esta hermosa oración del Padre Vicente Vega Soto:

Te necesitamos,
Cristo, único mediador,
para entrar en comunión con Dios Padre
y llegar a ser como Tú, Hijo único,
sus hijos adoptivos en el Espíritu Santo.

Te necesitamos,
Palabra única,
Maestro de las verdades profundas
y fundamentales de nuestro vivir,
para saber quiénes somos y a dónde vamos,
para conocer el camino de la salvación.

Te necesitamos,
Redentor nuestro,
para descubrir nuestra miseria y sanarla,
para distinguir entre el bien y el mal
y poseer la esperanza de la santidad,
para arrepentirnos de nuestros pecados
y conseguir el perdón.

Te necesitamos,
Hermano primogénito del género humano,
para encontrar los verdaderos motivos
de la fraternidad entre los hombres,
los fundamentos de la justicia,
los tesoros de la caridad
y el bien inmenso de la paz.

Te necesitamos,
Siervo paciente de nuestros dolores,
para descubrir el sentido del sufrimiento
y darle un valor de expiación y redención.

Te necesitamos,
Vencedor de la muerte,
para vernos libres de la desesperación y de la nada,
y tener certeza de tu misericordia infinita.

Te necesitamos,
Cristo Señor, Dios-con -nosotros,
para aprender a caminar
con la alegría y la fuerza de tu amor
por nuestra senda de fatigas,
hasta el encuentro definitivo contigo:
el Amado, el Esperado, el Bendito…
Por los siglos de los siglos. Amén.

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