El camino de Cuaresma 12

sal
de tu comodidad
para acercarte a tus hermanos

Aquel día en el Tabor, Pedro, Santiago y Juan deben haber quedado de una pieza cuando vieron a Jesús transfigurado delante de ellos. ¡Imagínate! Estarían acostumbrados a verlo sudado del camino, con la túnica llena de polvo y el rostro cansado. De repente todo cambió y dice el evangelio que hasta su ropa brillaba de tan blanca que estaba. Todo era luz y gozo… y de seguro pensaban en el gran portento que estaban contemplado: el Señor Jesús en toda su gloria y majestad. Pero no. El milagro no es que Jesús se muestre tal cual es, al contrario, el milagro es que pasara cada día desapercibido entre la gente. Que siendo Dios, se despojara de todo su esplendor y asumiera nuestra pobre naturaleza humana. ¡Ese es el portento! ¡Ese es el milagro! ¡Que Dios dejara su cielo para venir a morar entre los hombres!

Esto debería decirnos algo… si Jesús, siendo Dios, se hizo “nada” para salvarnos, ¿no crees que nosotros deberíamos empezar a dejar nuestra zona de confort para ayudar a nuestro prójimo? Digo, se supone que aprendamos del Maestro… y qué mejor forma para hacerlo que con esta bella oración de Santa María Faustina (Diario de la Divina Misericordia, 163):

+ Cuantas veces respira mi pecho, cuantas veces late mi corazón, cuantas veces pulsa la sangre en mi cuerpo, esa cantidad por mil, es el número de veces que deseo glorificar Tu misericordia, oh Santísima Trinidad.

+ Deseo transformarme toda en Tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti, oh Señor. Que este más grande atributo de Dios, es decir su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.

Ayúdame a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mis prójimos sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerrare en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí.

+ Tú Mismo me mandas ejercitar los tres grados de la misericordia. El primero: la obra de misericordia, de cualquier tipo que sea. El segundo: la palabra de misericordia; si no puedo llevar a cabo una obra de misericordia, ayudaré con mis palabras. El tercero: la oración. Si no puedo mostrar misericordia por medio de obras o palabras, siempre puedo mostrarla por medio de la oración. Mi oración llega hasta donde físicamente no puedo llegar.

Oh Jesús mío, transfórmame en Ti, porque Tú puedes hacer todo.

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