Una de las experiencias más hermosas de mi vida ha sido caminar por el desierto. Las dunas suben y bajan, pasas del sol abrasador a una sombra helada, las arenas se mueven bajo los pies haciendo difícil avanzar, arrastrándote fuera de tu dirección… La inmensidad del desierto, el vacío, la soledad que se siente, el silencio apenas cortado por el ruido del viento (que además te lanza arena en la cara, cegándote y aumentando la sensación de sed) …

El pueblo de Dios, liberado de la esclavitud del faraón bajo la guía de Moisés, caminó durante cuarenta años por el desierto. Fue un recorrido físico o geográfico, para llegar desde Egipto hasta Israel. Al mismo tiempo, y sobre todo, un recorrido antropológico. Aquellos israelitas, esclavos durante generaciones, solamente sabían hacer ladrillos de adobe; pero para conquistar la Tierra Prometida necesitaban algo más: necesitaban aprender a cultivar la tierra, criar ganado, gobernarse, luchar… Necesitaban dejar de ser un montón de esclavos y volver a ser un pueblo, una nación. El recorrido físico se hace largo, pero el recorrido interior –psicológico y espiritual– tarda todavía un poco más. A ellos les costó cuarenta años, es decir, toda una vida.
San Pablo (1Cor 10) dice que leer el libro del Éxodo es muy útil para nuestro crecimiento cristiano, puesto que en el fondo todos somos como esos judíos en el desierto. Nosotros recibimos continuamente las bendiciones de Dios, que nos guía por el desierto de la vida dejándose entrever en las circunstancias (“Dios pone la mano”, repetía siempre mi madre), como si fuera la columna de fuego que ilumina nuestra noche, que nos abre un camino en medio del Mar Rojo de esos problemas que nos bloquean y nos detienen, que nos alimenta con el maná del amor de los demás cuando no nos sentimos dignos de ser amados, que abre la roca para darnos de beber con la ilusión de seguir intentándolo…
Pero no debemos dormirnos en triunfalismos. De los miles que salieron de Egipto, solamente dos cruzaron la frontera de la Tierra Prometida. Muchos dudaron de la misericordia de Dios, bloqueados por sus propias miserias, incapaces de aceptar la verdad que nos hace libres; algunos se regresaron a la esclavitud después de años de camino. Los demás que cruzaron a Jericó habían nacido durante el proceso de conversión. De igual modo, la Cuaresma es nuestro desierto, no siempre fácil de caminar, pero necesario de recorrer. Los que hemos nacido en una familia cristiana somos como estos israelitas, amamantados con la idea de conversión, de mejorar, de evolucionar hasta llegar a ser lo que Dios quiere. Carecemos de la experiencia de la total esclavitud. Otros, los convertidos de adultos, a los alejados y regresados, son como los israelitas del exilio, ahora liberados por Jesucristo, el nuevo Moisés, caminantes que se incorporan al camino tras descubrir la verdad. Todos juntos formamos la Iglesia de Dios, Iglesia en camino, Iglesia en construcción, Cuerpo de Cristo que busca plenitud, sin asustarse porque ahora toca pasar por el desierto.
La pregunta de este domingo es: ¿Vivo solidariamente mi condición de cristiano?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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