Hace algún tiempo, escuchaba una reflexión en la que repetían una y otra vez que lo importante no es conocer, sino vivirlo. Básicamente esto es lo que Jesús le dice hoy al joven rico del Evangelio, tomado de San Marcos 10, 17-30.

Este joven conocía la ley al dedillo y procuraba cumplirla, pero Jesús lo desafió a ir un poco más allá. Para él fue muy difícil escuchar aquellas palabras, aunque había experimentado la mirada cariñosa de Jesús. Dice que «él frunció el ceño y se marchó pesaroso.»
El Señor sabe que lo que nos pide no es fácil de cumplir. Pues el discipulado exige sacrificio y negarse a uno mismo.
Estamos llamados a amar, a perdonar, a compartir, a evitar el pecado y a honrar a Dios. Pero cuidado, porque a la vez tenemos que lidiar con nuestra tendencia al egoísmo y mantenernos atentos a las tentaciones del demonio. Ahora bien, Jesús nunca dijo que fuera fácil. Por eso contamos con su gracia.
El Señor sabe que somos débiles y nos promete que siempre estará con nosotros. La clave es aprender a entregarle a Él el control de nuestra vida. Recordemos que no importa el tamaño del problema, Dios es más grande, porque «Dios lo puede todo.»
Parafraseando la pregunta del Evangelio, ¿cómo puedo salvarme? La liturgia nos regala la segunda lectura, tomada de Hebreos 4, que me encanta porque me ayuda a entender el papel que juega la Palabra en mi vida de fe: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo…»
Señor, me entrego a ti y acepto el plan perfecto que tienes para mí. Ayúdame a seguirte y amarte más cada día.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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