La semana pasada pedíamos a Jesús: «Auméntanos la fe.» La fe no es un concepto intelectual, ni un sentimiento que va y viene. Tampoco es un antídoto ante el mal.

Cuando tenemos fe, aceptamos lo que nos toca vivir, nos guste o no, sabiendo que Jesús camina con nosotros y confiando en que sus planes son mejores que los nuestros. La fe nos impulsa a amar de todo corazón, a Dios y a mi prójimo, y a dejarnos amar. ¿Me dejo amar por Dios?
En el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas 17, 11-19, Jesús sanó a diez leprosos, pero sólo uno reconoció el milagro y regresó a dar gracias. Jesús le dijo: «… tu fe te ha salvado.» Además de la salud, el Señor le estaba dando el don de la Salvación. Este extranjero se estaba dejando amar por Dios.
Usualmente no nos damos cuenta de todo lo que Dios hace por nosotros, por tanto, no le damos las gracias. Creemos que nos basta con nuestro propio entendimiento y nuestros planes. Se nos olvida que un día tendremos que rendir cuentas y está en juego nuestro futuro eterno.
La buena noticia es que Dios nos ama tanto que envió a su Hijo para salvarnos de nosotros mismos; de nuestra pereza, nuestra terquedad, nuestra impaciencia… Cristo soportó el castigo que merecíamos, y nos purificó derramando su Sangre Preciosa.
Les propongo dejar de lado nuestros propios razonamientos y planes, y poner la atención en Jesús. Esto es, buscar y hacer Su voluntad.
Al final, Jesús le dio una misión a aquel hombre, le dijo: «Levántate, vete…» Cuando acudimos a Jesús, recibimos sanación, misericordia y nos envía a compartir lo que hemos recibido. El poder del testimonio, con nuestro ejemplo de vida, para que otros también crean.
Dice la segunda lectura: «Si perseveramos, reinaremos con Él.» Gracias, Señor, por amarme tanto.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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