Todos, de una manera u otra, trabajamos para sustentar a nuestra familia, realizar algún proyecto personal, ahorrar u otra razón. Pero todo eso es pasajero y se quedará en este mundo cuando nos toque partir.

Ahora bien, el servicio que hagamos por amor a Dios se acumulará en bienes espirituales que perdurarán por toda la eternidad, y esto es una fuente de paz y felicidad para nuestro corazón.
En el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas 17, 5-10, le piden a Jesús: «Auméntanos la fe.» Él contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar.»
Hermanos, debemos preguntarnos: ¿Cómo está nuestra vida espiritual? Profundicemos aún más: ¿Veo a Dios en las cosas de todos los días? En el amanecer, en mi cónyuge, en nuestros hijos. ¿Experimento el amor de Dios? ¿Experimento su misericordia y perdón? ¿Estoy ciego y sordo a las cosas de Dios? ¿Voy a Misa solo por cumplir? ¿Me dejo asombrar por Dios? La capacidad de asombro es un buen termómetro para evaluarme. Por ejemplo, ¿me asombro al ver todo el amor que brota de la Cruz? ¿Me interpela y me llega a lo más profundo del corazón?
Quisiéramos que Jesús nos resuelva todos los problemas de inmediato y nos elimine el sufrimiento por arte de magia, sin tener que pasar por la cruz. El llamado es a cargar mi cruz y recorrer el camino de sufrimiento que me conduce a una nueva vida. ¡No hay resurrección sin cruz!
No estamos solos, pues tenemos al Espíritu Santo. Él nos sostiene, nos da las fuerzas para caminar con confianza, humildad, entrega y también nos revela algo de la majestad y la omnipotencia de nuestro Dios. Para luego decir: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»
Señor, te pido que me ayudes a ver el mundo a través de tus lentes.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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