Recientemente visité el área de cuidados intensivos de un hospital de San Juan. Estaba acompañando a un familiar recién operado y decidí pasar por información para investigar las normas para llevar la Comunión. Había allí una dama de unos 25 años; le hago la consulta y me pregunta ella a mí: ¿Qué es la Comunión, algo religioso?

Quedé mudo por unos segundos, pero luego reaccioné. Me sentí triste, en parte por ella, pero también por mí. Enseguida me invadió un sentimiento de culpabilidad, pues comprendí que algo estamos haciendo mal los que creemos en Cristo. No le está llegando el mensaje de Jesús a la gente.
En el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 21, 33-43, Jesús trata de educar a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Igual trata de educarnos a nosotros, pero seguimos atados al mundo y a sus hostilidades. Nos reímos de los débiles, fomentamos la violencia y aplaudimos el pillaje. No somos ejemplo de hermanos que se aman y no estamos atrayendo almas hacia Dios.
Hermanos, la parábola de hoy es la propia historia de la salvación. El dueño de la viña la dejó al cuidado del pueblo para que conociera, amara y obedeciera a Dios. Pero somos como los labradores, que trataron de obtener la herencia a las malas, para convertirse en dueños y señores. El orgullo humano busca la ventaja personal, excluyendo a Dios.
La segunda lectura, tomada de Filipenses 4, nos puede servir de guía o manual de instrucciones: «Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros».
El Evangelio termina así: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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