Sólo porque alguna vez en el pasado le dijiste “no” a Dios, no significa que Él se rindió contigo. Podemos verlo claramente en el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 21, 28-32.

Observemos que la respuesta negativa de aquel hijo no fue el final, pues recapacitó y complació al padre. Inclusive, la relación entre ellos se restableció. Así opera la misericordia de Dios, si estamos dispuestos a abrir el corazón.
Ahora bien, el versículo que más me impacta es este: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Palabras fuertes que me invitan a meditar, con detenimiento, si en realidad estoy haciendo la voluntad de Dios en mi vida.
Hermanos, recordemos que Jesús vino por los pecadores: por los que nos sabemos pecadores y por los que todavía no se han dado cuenta de que lo son. O sea, vino por “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco.
Puede ser que nos creamos muy santos y que Jesús nos llamó porque llegamos a la perfección. Todo lo contrario, Jesús nos llama para sanarnos.
Este Evangelio me recuerda la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo regresó y el padre corrió a recibirlo. Pura misericordia, por eso la llamamos la parábola del padre misericordioso.
Dice la segunda lectura, tomada de Filipenses 2: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús». Invitación a caminar por el camino de la misericordia. En otras palabras, ver las cosas con los lentes de Dios. Jesús quiere misericordia para nuestra vida y para los demás. ¡Hermoso, qué más podemos pedir!
Dijo recientemente el Papa León XIV, según reseña Vatican News: “La misericordia transforma vidas en medio de tanta violencia que destruye”.
«Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad» (Salmo 24).
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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