«¿Y quién es mi prójimo?» Esta es la pregunta que un maestro de la ley le hace a Jesús en el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas 10, 25-37. Ciertamente, es una buena pregunta.

Fijémonos que la víctima en el pasaje era un extraño que sangraba tirado en el camino. Entonces, ¿debemos ayudarlo?
La respuesta de Jesús, como de costumbre, clara y contundente: «Anda, haz tú lo mismo.» Se refiere a practicar la misericordia, sabiendo que aquel que sufre es tu prójimo, es tu hermano y necesita ayuda.
¿Qué más dice la Palabra? Veamos Levítico 19, 34: «Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo.»
Dice en San Mateo 25, 35: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis.»
Miremos por un momento la escena en otro contexto, para poder comprender lo que la Palabra quiere expresar. Digamos que Jesús es el buen samaritano y nosotros somos la víctima, tirados en el camino. ¿Esperamos que Jesús se detenga a ayudarnos? ¿Hubiera pasado de largo?
Esta parábola nos muestra la forma en que Dios ama y cómo nos invita a amar a los demás. Claro que amar al prójimo conlleva sacrificio personal, dejar la comodidad, o donar de nuestro tiempo, talento y tesoro.
Cuando ayudamos a otros, estamos amando de la misma forma en que Jesús nos ama. La invitación es clara: «Anda, haz tú lo mismo.» Las excusas sobran.
Dice la Palabra en San Mateo 25, 45: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.»
Señor, enséñame a amar a mi prójimo como Tú me amas a mí.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

Tienes algo que decir
Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.