Hoy, X Domingo durante el año, oramos con el Evangelio tomado de san Marcos 3, 20-35. Cuando los escribas y fariseos veían a Jesús sanando les daba coraje. Posiblemente sentían envidia y trataron de desacreditarlo. Pero Jesús les responde con una parábola.

Hermanos, bien sabemos que Jesús venció a Satanás. Entonces la pregunta sería: ¿Cómo podemos nosotros experimentar el fruto de esa victoria? Pues por la fe. Y, ¿cómo llegamos ahí? Utilicemos las lecturas de hoy para ubicarnos correctamente.
En primer lugar, me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que todos queremos experimentar la sanación de Dios. Miremos la segunda lectura:
«Por eso, no nos desanimamos. Aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.»
Pidamos poder ver, como aquel ciego que responde: “Señor, que pueda ver.” Pídelo tú también, con confianza, como un paso esencial en este camino.
Puedes también utilizar el Salmo 129 como jaculatoria: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor…» De nuevo, repítelo y rézalo con confianza plena.
Es importante reconocer nuestras debilidades y flaquezas, y pedirle al Señor que nos haga fuertes y que aprendamos a ser pacientes, como el Señor lo es con nosotros.
Finalmente, y según nos invita el Evangelio, debemos «hacer la voluntad de Dios.» Así experimentaremos la sanación deseada.
Decía Santa Teresa de Jesús: “Dios es misericordioso y nunca falla a los afligidos y despreciados, si sólo en Él confían.”
Jesús, enséñame a confiar más en ti y dame las fuerzas para vivir para ti, esperando ver la victoria que nos has prometido.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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