Volver a la fuente

La llamada “parábola del hijo pródigo” (Lc 15, 1-32) es uno de los textos cuaresmales por excelencia en la espiritualidad cristiana. Todos conocemos ese pasaje, porque nos criamos con él desde pequeños, leyéndolo una y otra vez en la catequesis infantil, aprendiendo sobre Dios como padre de misericordia. Cuántas veces las palabras de esta parábola se han hecho imagen en nuestra mente al leerlas y escucharlas. Eso sucede también hoy, en este contexto actual, en un mundo ansioso por salir de la crisis, superado el miedo de ese hipotético y fantasioso fin del mundo con que nos  amenazan constantemente.

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La figura paterna es fundamental en la personalidad de cada uno de nosotros. Nos da el apellido, es decir, nos sirve de primera puerta para vivir en la pequeña comunidad familiar y para entrar en la sociedad. Nuestro apellido marca severamente nuestro estilo de ser, porque ser parte de una familia implica crecer bajo un estilo particular de vida. Los hijos del mismo padre se parecen físicamente y suele ser fácil reconocer facciones de los progenitores (“se parece a…”). Lo solemos llamar “aire de familia.”

La parábola del hijo pródigo o del padre que espera (llámela como prefiera) lleva nuestra meditación de hoy a ese punto en la Cuaresma en el que ya es claro que necesitamos conversión, que necesitamos arrepentimiento, que el rumbo de nuestra vida debe cambiar… Pero ya no buscando nuevos horizontes, sino regresando.

La Cuaresma no es ponernos en camino hacia lo desconocido, sino reorientarnos hacia la casa de nuestro Padre, la casa donde nacimos, donde tenemos nombre propio porque todos comparten nuestro mismo apellido. Ya no seguiremos vagando, tratando de inventarnos una nueva personalidad, sino que decidimos volver a ser quienes en verdad somos.

En la parábola, el hijo que se marchó busca un lugar nuevo para vivir, pero no encuentra un hogar; busca un nuevo trabajo, pero no según su condición y rango; busca ganarse el sustento, pero come lo que los animales; busca dejar de ser “el hijo” y se convierte en nadie. Cuando recapacita, recuerda lo que siempre supo, aunque haya querido negarlo: él es el hijo de su padre. Su lugar natural es la casa del padre y su hogar. Su alimento es comer de la mesa de su padre, que es su mesa también (porque “todo lo mío es tuyo”). El hijo perdido regresa a la casa del padre y se encuentra ante todo consigo mismo, con quien es él en realidad y verdaderamente. Intenta llegar disimulando, camuflándose (“no merezco llamarme hijo tuyo”, “trátame como a uno de tus jornaleros”). Es su padre quien se lo recuerda (“este hijo mío estaba perdido…”).

En esta Cuaresma, nuestro Padre Dios está mirando el horizonte deseando que volvamos, esperándonos con los brazos preparados para el gran abrazo, los labios pronunciando nuestro nombre, el verdadero, el que nos recuerda quiénes somos, el que nos dice de dónde procedemos y a qué familia pertenecemos y a la que entramos por el bautismo. Ojalá que corramos al encuentro del Padre, nuestra fuente, nuestro manantial de origen y el único que puede saciar nuestra sed de ser cristianos.

Hoy, como el hijo pródigo, digamos: Sí, me levantaré, volveré junto a mi padre.

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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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