Los evangelios nos cuentan en muchas ocasiones que la gente, al ver lo que Jesús hacía, se convertía. Por nuestra naturaleza, necesitamos símbolos y signos, necesitamos señales y necesitamos ver para creer. Y Jesús nos da de todo. Lo hizo entonces, cuando vivía en Israel en el siglo I, y lo hace ahora, cada vez que uno en su nombre multiplica la bendición.

La Cuaresma ha servido para lavarnos los ojos y afinar la mirada, para ayudarnos a ver que Él sigue vivo y presente en medio de esta humanidad nueva, renacida del agua y del Espíritu. Aquellos que quieren, ven cada día la acción del Padre, amoroso y tierno, que nos cuida, que nos protege, que nos impulsa a crecer, a remar mar adentro, a volar más alto con el Cielo como único límite. Los milagros de Jesús –y los milagros de cada día– son fruto de la redención de Cristo. Son luces que iluminan nuestro sendero mientras caminamos hacia la Gloria de Dios, subiendo la escalera de la existencia humana y ayudando a otros a subir más alto.
Si hemos necesitado otra Cuaresma es porque todavía no somos santos. Pero decir esto, en vez de desanimarnos, nos impulsa a mejorar, llenos de esperanza. Nosotros somos los que hemos visto y creído, los que hemos sido iluminados por el paso misericordioso de Jesucristo a lo largo de cuarenta días de meditación y alabanza. Somos los que hemos visto la trasformación en nosotros mismos y en todos aquellos que decidieron aprovechar esta Cuaresma como si fuera la última. Somos los que confesamos que Jesús es el Señor para la gloria de Dios Padre.
Para que reflexionemos: ¿Estoy dispuesto a celebrar la Semana Santa santamente?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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