Le dice San Pablo a los Corintios, en la segunda lectura de hoy: «… mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.»

A veces le damos demasiada importancia a lo que leemos por las redes, donde abunda la ‘sabiduría’ de algunos que dicen ser seguidores de Cristo. Pero sus escritos están llenos de rencor y burla. Ciertamente, sus expresiones no aportan nada constructivo y pueden ser declaradas estorbo público.
Debemos estar pendientes de lo que consumimos, para asegurarnos un crecimiento constante en nuestra vida interior. El crecimiento es lento, como la tierra cuando es trabajada, pero Jesús no se fija sólo en los resultados, sino en nuestra fidelidad y perseverancia. Así damos testimonio con nuestra propia vida.
En el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 5, 13-16, Jesús dice: «Vosotros sois la sal de la tierra.» En otras palabras, tu vida puede impactar la vida de otros, como Jesús impactó.
Así como la sal produce sed, cuando reflejas a Cristo en tu vida, atraes a otros y les provocas curiosidad y sed de Dios. Un ejemplo es cuando cargas tu cruz con alegría, no porque seas masoquista, sino porque confías en la bondad del plan de Dios para ti. Ahí es, precisamente, cuando contagias a otros con el deseo de acercarse a Dios.
El Evangelio también advierte que la sal puede volverse sosa, y ¿cómo ocurre? Cuando le damos espacio en nuestras vidas a las cosas que nos alejan de Jesús. Por ejemplo, el pecado, la falta de perdón, la falta de oración, entre otros.
¡Tú también eres la sal de la tierra! Así que permite que Jesús llene tu vida, para que tu testimonio atraiga a otros y tengan también sed de Él.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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