Imaginemos la escena: Una turba de fariseos y escribas sobresaltados, fanáticos de la letra de la Ley aprovechan la oportunidad (una mujer sorprendida en flagrante adulterio) para tratar de confundir a Jesús y ponerlo contra la pared. Ciertamente, muy similar a como se comportan algunos hoy día, sobresaltados y fanáticos.

El Evangelio de hoy está tomado de San Juan 8, 1-11. Jesús, en medio de aquel tumulto, comienza a escribir con el dedo en el suelo y con su acostumbrada claridad, desarmó a los acusadores y salvó a la mujer. Les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»
Dice la Palabra que ellos, al escucharlo, se fueron escabullendo uno a uno, comenzando por los más viejos. Claro, porque se creían superiores y fueron enfrentados. Jesús preguntó por los acusadores, pero al ver que ninguno la acusaba, le dice a la mujer: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»
No sabemos qué pasó después con aquella mujer. Podemos suponer que, ante este hermoso encuentro con Jesús, su vida cambió. Así pasa cuando experimentamos la misericordia de Dios, que nos renueva, transforma nuestro corazón y nos ayuda a ser más misericordiosos con los demás.
Hermanos, no nos toca pasar juicio sobre lo que hacía o no hacía aquella mujer. Aunque nos encante opinar y aunque, en silencio, nos creemos superiores. Recordemos que los fariseos eran un grupo judío conservador y estricto en la observancia de la Ley, conocidos por su postura crítica hacia todo.
Ya falta poco para la Semana Santa. Jesús te invita a acercarte a la Confesión. Él te mira con misericordia y compasión, ábrele tu corazón.
Dice el Papa Francisco: “Confesarse es dar al Padre la alegría de volver a levantarnos. En el centro de lo que experimentaremos, no están nuestros pecados, sino su perdón.”
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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