Cuentan que una niña de tres o cuatro años solía acompañar a su madre a la Santa Misa. Cuando la madre se acercaba a recibir la Sagrada Comunión y regresaba al banco para arrodillarse y hablar con Dios, la pequeña corría hacia ella, la abrazaba y le daba un tierno beso en la mejilla.

Durante los primeros días, la madre guardó silencio. Pero, a la cuarta o quinta vez, sorprendida, le preguntó:
—¿Por qué, cuando vengo de comulgar, siempre me abrazas y me das un beso?
—No es para ti, mamá —respondió la niña—. Es que cuando vuelves traes a Jesús dentro, y yo quiero saludarlo a Él.
La espontaneidad de esta pequeña nos recuerda algo esencial de nuestra fe: Jesús está vivo y presente en la Eucaristía. Y así como ella reconoció a Jesús en su madre recién comulgada, también nosotros estamos llamados a reconocerlo en cada persona que encontramos: en la calle, en el trabajo, en el cole y, muy especialmente, en nuestra propia familia.
Por ahí, más o menos, va este asunto del Adviento. Decimos que es un tiempo de espera y preparación, pero también debe ser un tiempo de hacer silencio interior, de oración, de volver a lo esencial. El Adviento nos enseña a abrir los ojos del corazón para descubrir la presencia de Dios allí donde parece oculto.
Piénsalo: esperamos al Niño Dios que viene a salvarnos. Y, como los pastores y los magos, necesitamos aprender a reconocerlo en la humildad del pesebre: un recién nacido, envuelto en pañales y recostado sobre pajas. Dios se revela en lo pequeño, en lo sencillo, en lo aparentemente “insignificante.”
El Adviento apenas comienza. Pidamos al Espíritu Santo que disponga nuestros corazones, para que vivamos este tiempo con una fe renovada. ¡Qué este no sea un Adviento más!

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