Se cuenta que el mariscal Turena —uno de los grandes comandantes de Francia, convertido al catolicismo— coincidió un día en la fila para comulgar con su ayudante. Al reconocer a su jefe, el soldado se hizo a un lado para cederle el paso.
—Señor, pase usted delante.
—Tu señor se ha quedado en casa —respondió Turena—. Aquí no hay más Señor que Aquel a quien tú y yo vamos a recibir.

Turena me recuerda al Centurión del Evangelio. También él era un hombre de autoridad, acostumbrado al mando, con responsabilidades concretas y una voz escuchada por muchos. Y, sin embargo, cuando se encuentra con Jesús, brota de su corazón una palabra llena de fe: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa…» (cf. Mt 8,8). Esa súplica humilde ha quedado para siempre en la oración de la Iglesia; y cada vez que nos acercamos a comulgar, tú y yo ponemos en nuestros labios las palabras del Centurión. Así, justo antes de acercarnos al altar, la Iglesia nos enseña a presentarnos con confianza humilde y con hambre de salvación.
Lo mismo resplandece en Santo Domingo Savio. Era apenas un muchacho y, sin embargo, entendió con profunda claridad quién era Jesús en la Eucaristía. Mamá Margarita, la madre de Don Bosco, observaba a Domingo en el oratorio de Turín y un día le dijo a su hijo: “Todos los días sacrifica su recreo para hacer una visita a Jesús en el Santísimo. Está en la iglesia como un ángel que mora en el paraíso”. Tendría doce o trece años y ya había descubierto lo que a muchos adultos nos cuesta casi una vida: que ahí, detrás de esa pequeña puerta dorada, está Jesús esperando.
Turena, el Centurión y Santo Domingo se unen de una manera muy bella. Tres figuras muy distintas, tres caminos totalmente diferentes, pero una misma luz interior. El hombre de armas, el oficial romano y el muchacho santo se acercan al Misterio de la Eucaristía desde su propia historia, y en todos resplandece la misma actitud espiritual: fe viva, humildad serena y reverencia profunda.
Jesús Eucaristía: Pan vivo bajado del cielo. No hay mayor ejemplo de amor y de humildad que este. Dios que se vuelve pequeño y se esconde en un pedacito de pan para servirnos de alimento a todos: grandes y chicos, poderosos y sencillos, pobres y ricos.
Termino con una pregunta que Madre Teresa de Calcuta solía hacer en sus presentaciones: ¿Seríamos capaces de imaginarnos lo que sería de nuestras vidas sin la Eucaristía?
Para pensar… ¿Seríamos?

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