Santiago de Chile, a comienzos de los años cincuenta. Pasada la medianoche, una camioneta verde recorre despacio la ribera del río Mapocho. Se detiene cada vez que ve algo en el suelo. Bajo los puentes duermen niños.

Pedro Torres era uno de ellos. Estaba con otros dos aquella noche cuando llegaron los carabineros y los corretearon; cada uno arrancó por su lado y él se quedó dormido donde alcanzó a llegar. Setenta años después todavía lo contaba con lágrimas en los ojos: un sacerdote lo encontró tirado en la vereda, lo envolvió en una frazada y lo echó en la camionetita verde que tenía.
A otro de aquellos niños en las calles, José Palma, el mismo sacerdote le dijo unas palabras que conservó toda su vida: “Chicos, ¿por qué no se van conmigo? Yo estoy formando un hogar y quiero que todos los niños que no tienen un hogar vengan a vivir conmigo”. El sacerdote se llamaba Alberto Hurtado.
Veinticinco años antes, en Turín, otro hombre recorría la ciudad cargando bultos. Pier Giorgio Frassati llevaba sacos de carbón, ropa, muebles y medicinas hasta los sótanos y las buhardillas donde vivía la gente más pobre. Sus amigos lo apodaron “Empresa de Transportes Frassati”. Es el mismo apodo que recordó el Papa León XIV el día que lo canonizó.
Pier Giorgio murió a los veinticuatro años de una poliomielitis que probablemente contrajo en alguna de aquellas casas. El día del funeral, dentro de la parroquia estaban los amigos de la familia, los políticos, los periodistas. Afuera, en la calle, se había juntado una multitud que nadie esperaba: desempleados, ancianos que vivían solos, habitantes de desvanes y sótanos, gente pobre de toda la ciudad que venía a despedir a un amigo. El cortejo tuvo que alargar su recorrido para que todos pudieran acompañarlo. Muchos de ellos se enteraron ese día de que el muchacho que les subía el carbón se apellidaba Frassati, y era el hijo del senador dueño de La Stampa.
Su padre, viendo aquella muchedumbre, lloraba sobre el ataúd repitiendo una sola frase: “¡No conocí a mi hijo!”.
De esto se trata la intención que el Papa León XIV nos confía para este mes de agosto:
Por la evangelización en la ciudad
Oremos para que, en las grandes ciudades, a menudo marcadas por el anonimato y la soledad, encontremos nuevas formas de anunciar el Evangelio, descubriendo caminos creativos para construir comunidad.
Anonimato y soledad. Casi la mitad de la humanidad vive hoy en zonas urbanas, y ahí está la paradoja: millones de personas cruzándose todos los días en el metro, en el ascensor, en la fila del supermercado, y llegando a su casa con la certeza de que si esta noche se enfermaran tendrían que llamar a alguien que vive a cuatro horas de distancia. La ciudad multiplica los rostros y adelgaza los vínculos.
Como diría Cohélet: «Nada nuevo hay bajo el sol». Junto a la Puerta de las Ovejas, en Jerusalén, había una piscina de cinco pórticos donde yacía en el suelo una multitud de enfermos esperando que el agua se agitara. Entre ellos, un hombre llevaba treinta y ocho años tendido allí. Jesús se detuvo delante de él y le preguntó si quería recobrar la salud. Cuatro palabras le bastaron al enfermo para describir treinta y ocho años de vida: «no tengo a nadie» (Jn 5,7).
Estaba rodeado de gente. Cinco pórticos llenos, la misma gente que veía día tras día, y él solo entre todos ellos.
Después vino la curación, dejó la camilla y salió caminando. Pero antes ocurrió algo que casi pasa desapercibido: alguien se detuvo delante de él y lo miró. En treinta y ocho años había aprendido a ser parte del paisaje, pero ese día alguien vio su humanidad.
Ahí empieza la evangelización de la ciudad. Antes que el proyecto pastoral, antes que la campaña, está ese gesto pequeño y costoso: detenerse delante de alguien que lleva tiempo formando parte del decorado, mirarlo y ver al ser humano.
Después viene lo demás, que es lo que hicieron San Alberto Hurtado y San Pier Giorgio: ofrecer un lugar concreto donde llegar. Una casa con dirección. Una amistad con nombre. Una comunidad que espera a alguien y nota su ausencia si no llega. Los caminos creativos que pide el Papa suelen tener forma modesta — un café, una llamada, una banca compartida, un “¿cómo estás?” dicho con verdadera intención de escuchar la respuesta.
Hurtado comenzó recogiendo chicos de las calles en una camioneta verde y dándoles refugio. Pier Giorgio construyó su red casa por casa, escalera por escalera, sin oficina, sin presupuesto, sin que su propia familia se enterara. Cuando murió, la ciudad entera se enteró de golpe de todo lo que había estado ocurriendo en silencio.
Cada uno de nosotros vive rodeado de gente. Vale la pena preguntarnos, con honestidad, quién de los que tenemos cerca —el vecino que entra y sale sin que nadie lo salude, la señora que se sienta siempre en la misma banca de la iglesia, el compañero que almuerza mirando el teléfono— respondería hoy lo mismo que aquel hombre junto a la piscina.
Este mes, yo me uno a la oración del Papa. Te invito a que tú también lo hagas.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Señor Jesús, Buen Pastor,
Tú recorres nuestras calles y plazas,
entras en los edificios altos y en los barrios humildes,
acompañas silenciosamente a millones
que buscan sentido en medio del ruido y la prisa.
Tú conoces, Señor, el corazón de la ciudad:
sus luces y sombras, su bullicio y su soledad.
Sabemos que las ciudades están llamadas a ser lugares de libertad y oportunidad,
pero también pueden transformarse en espacios de anonimato y aislamiento.
Por eso hoy te pedimos una mirada nueva,
capaz de descubrir en la vida urbana
el terreno fecundo para anunciar tu Evangelio.
Danos una fe creativa y profunda,
que no se quede en las palabras,
sino que se encarne en gestos sencillos y cercanos.
Haznos Iglesia en salida,
capaz de tender la mano en las periferias,
de dar consuelo en la soledad,
y de sembrar fraternidad donde reina la indiferencia.
Señor, que nuestras comunidades urbanas
sean hogares abiertos y acogedores,
lugares donde se comparta la esperanza,
donde nadie se sienta invisible,
y donde la alegría de tu Evangelio ilumine
la vida escondida de tantos hermanos.
Haznos testigos tuyos en la ciudad,
misioneros valientes y creativos,
que anuncien con la vida tu Amor,
capaz de superar la prisa, el ruido y el anonimato.
Amén.
Puedes acceder al video del Papa en: https://www.youtube.com/watch?v=RQJt0FU8cCo

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