Yo no sé si a usted le sucede como a mí, que crecí con la sensación de que los mandamientos eran como una gran piedra colocada en nuestra cabeza y que la vida consiste en vivir cargando la piedra sin que se te caiga. Al final siempre se pregunta uno por qué Dios quiso darnos unos mandamientos tan pesados. Y lo más feo es que pensamos que Dios nos cuidará, escuchará nuestra oración, nos tendrá en cuenta, etc., solamente si cumplimos los mandamientos. Como si “comprásemos” nuestro lugar cerca de Dios a golpe de cumplimiento.

Muchos cristianos viven con esa sensación pesada de estar permanentemente sucios, habitualmente alejados, condenados, apartados… Como si solamente los puros y perfectos pudieran acercarse a Dios.
La realidad es que Dios sí quiere la perfección y la pureza (“Sed santos, como Yo soy santo,” Lev 19, 2), pero no exige eso para que alguien sea hijo suyo. Es necesario entender que la paternidad de Dios sobre nosotros nace de su amor, no de nuestro cumplimiento. Nosotros seremos “pueblo de su propiedad” (Dt 26, 88) cuando cumplimos sus mandatos. Pero el llamado divino a ser miembro de la familia santa de Dios es anterior. Somos los elegidos por el Señor para vivir con Él, para ser testigos de su justicia ante las naciones.
La Cuaresma es nuestro gran momento de optar por Dios, de unirnos totalmente a Él, de integrarnos como miembros activos y felices de su pueblo. Dios es Amor. Y por amor nos da la vida, nos acoge entre sus brazos, nos recibe como hijos primogénitos, fermento de una humanidad nueva. Porque detrás de nosotros vendrán muchos más, como hubo muchos antes que nosotros que siguieron esta misma senda, que abrieron sus brazos totalmente al amor de Dios.
La pregunta para hoy es: ¿Veo los mandamientos de la Ley de Dios como un don del amor del Padre?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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