Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Eso lo sabe bien el Señor, que tuvo que enfrentarse repetidamente a esos “ciegos” que se negaban a ver la misericordia de Dios que Jesús traía, anunciaba y realizaba. San Juan, por ejemplo, nos narra que “Entonces los judíos tomaron de nuevo piedras para tirárselas. Jesús les dijo: «He hecho delante de ustedes muchas obras hermosas que procedían del Padre; ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?»” (Jn 10, 31-32). Y ni aún así entendieron. Son ciegos forzados que se mantienen ciegos a voluntad y que pagan el bien con mal. Y, peor aún: mantienen ciegos a los demás y buscan extinguir la luz apedreando a Cristo.

Se nos acaba la Cuaresma. ¿Qué hemos hecho en estas semanas? ¿Hemos visto y oído, o hemos cerrado los ojos? Hoy hay que hacer balance. Cristo está ahí delante y tenemos piedras en las manos. ¿Qué haremos? Si matamos a la Luz, ¿quién nos iluminará? Ese es el gran drama que enfrentamos aquí. Dentro de una semana es Viernes Santo y sabemos cómo sigue la historia. La cruz es la mayor oscuridad imaginable, es caer en la noche perpetua, en el silencio fúnebre de los que no tienen remedio, de los condenados. Él nos hizo ver la misericordia de Dios y nosotros nos tapamos los ojos y miramos a otro lado porque es lo que mejor sabemos hacer, lo que elegimos hacer, para que nada cambie y nada crezca. Plantamos una flor y la regamos con gasolina. Miramos la cruz de Cristo para asegurarnos de que Él sigue clavado y que no se moverá. Así ha sucedido cada vez que en esta Cuaresma no hemos querido ser fieles a la invitación que Dios nos hizo el Miércoles de Ceniza.
Según se acerca el final de este tiempo, debemos preguntarnos: ¿He aprovechado seriamente esta Cuaresma?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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