Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión. La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen Inmaculada, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado, entre la fe y la indiferencia o incluso el rechazo de Dios.
Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta «hostilidad» que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el «padre de la mentira», el «príncipe de las tinieblas» y, a la vez, el «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).
Tú, que «aplastas la cabeza de la serpiente», no permitas que cedamos. No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.
Oh, Tú, victoriosa en tu Inmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerza de la gracia. Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno. Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la misma naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado. Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.
La heredad del pecado es extraña a Ti. Eres «llena de gracia», se abre en Ti el reino de Dios mismo. Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado. Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las conciencias.
¡Oh Inmaculada! «Madre que nos conoces, permanece con tus hijos.» Amén.
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San Juan Pablo II
Oración a la Virgen de la Plaza de España, 1984

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