Cuentan que G.K. Chesterton viajaba un día en tren cuando el inspector se acercó a pedirle el billete. Chesterton buscó en todos sus bolsillos, en su abrigo, en su sombrero… nada. El inspector, que le conocía, le dijo: “Tranquilo, no se lo voy a cobrar”. A lo que Chesterton respondió, angustiado: “No es eso lo que me preocupa… es que he olvidado a dónde voy, ¡y necesito el billete para saberlo!”

La primera vez que leí la anécdota de Chesterton me solté una carcajada. Después no me hizo tanta gracia porque me reconocí en la historia: No siempre sé a dónde voy. Y no me refiero a los planes del fin de semana.
Hay algo en la vida de fe que todos experimentamos y que nadie nos advierte lo difícil que es: caminar con Dios no garantiza ver el camino. Abraham es el ejemplo por excelencia. San Pablo dice que «salió sin saber a dónde iba» (Heb 11,8). No le dieron un mapa. No le explicaron el plan. Solo le dijeron: camina. Y caminó.
A menudo caminamos en fe, como Abraham. Hacemos lo que creemos correcto. Lo que creemos que le agrada a Dios. Caminamos sin garantía de ir por el camino correcto. Sin confirmación. Sin señal luminosa. Solo el deseo genuino —a veces tembloroso— de ir en la dirección correcta.
El salmo 23 habla del fiel que, como la oveja, sigue al Pastor con una confianza absoluta: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4). La oscuridad está ahí. El salmista no la niega. Lo que cambia es la compañía.
En un momento así, Thomas Merton, en su libro Thoughts in Solitude, escribió una oración hermosa. A veces se le conoce como la oración de lo incierto, porque comienza confesándose vulnerable. Pero otros le llaman la oración de la confianza, porque a pesar de la oscuridad, la oración culmina en un acto de fe radical. Acompáñame a rezarla.
Oración de Thomas Merton
Dios, Señor mío, no tengo idea de adónde voy. No veo el camino delante de mí. No puedo saber con certeza dónde terminará.
Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu Voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo. Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho, te agrada.
Y espero tener ese deseo en todo lo que haga. Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo. Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no me dé cuenta de ello.
Por lo tanto, confiaré en ti siempre aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte. No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros. Amén.

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