Las obras de misericordia son un elemento fundamental en la vida del cristiano, porque nos permiten expresar exteriormente la bondad del amor de Dios que tenemos en el corazón. Las aprendemos en el catecismo cuando somos niños y pasamos la vida realizándolas, encarnándolas. O así debería ser.

Uno de los momentos que más escuecen al leer el Evangelio, es en el que Cristo se identifica a sí mismo con aquellos que reciben –o no– los efectos de nuestra misericordia (Mt 25, 31-46). Cuando hacemos o no hacemos algo bueno y debido a un hermano nuestro, lo hacemos o no a Cristo mismo. Esta identificación es muy poderosa en la conciencia del cristiano. No es discutible: Jesús lo dijo muy claramente y así lo reflejan los evangelistas. No caben interpretaciones ni rebajas. Jesús afirmó que “conmigo lo hicisteis” y no hay vuelta de hoja.
La Cuaresma es nuestro tiempo privilegiado para revisar la vida a la luz de esta afirmación del Señor. Asusta un poco, pero es necesario. Nos enfrentamos a la dura realidad de analizar qué idea tenemos del prójimo. Para Jesús, el prójimo es todos, cualquiera, quien sea, incluso los malos, a los que saca de la categoría de “enemigos” y los introduce en la categoría de “los que no saben lo que hacen.”
El Señor nos invita a ser como Él y como nuestro Padre Dios: santos, buenos, abiertos al amor, a un amor tan inmenso que es capaz de sacar a los demás del grupo de los condenados y darles una nueva oportunidad para que sean redimidos. Nuestra meditación de este día puede ser sobre nuestra relación con los demás, en nuestros juicios y comportamientos. Seamos valientes. También Cristo se arriesgó a perdonar a los malos y por eso muchos se convirtieron.
Las preguntas para hoy son: ¿Trato a todos como a mi prójimo? ¿Trato al prójimo como a Cristo?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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