
Yo nunca he visto una aparición, ni he escuchado una voz del cielo que me dice lo que tengo que hacer, ni creo haber tenido un sueño inspirador durante la noche (como San José). Y lo mismo les sucede a casi todas las personas que conozco. Pero eso no significa que Dios no nos hable. Significa que Dios habla a través de intermediarios. Estos portadores de la palabra de Dios han recibido diferentes nombres a lo largo de la Historia; el más común es profeta. El profeta es el embajador de Dios, el vocero de su palabra, quien repite ante la comunidad lo que ha escuchado directamente de Dios. No interpreta, no selecciona, no decide qué, cómo y cuándo. Simplemente –como si ser profeta fuera algo simple– debe escuchar, recordar y repetir lo que Dios le dice. Tarea sencilla, ¿no? Pero no confundamos ‘sencillo’ con ‘fácil.’
A lo largo de la Historia de la Salvación, tenemos muchos ejemplos de personas que han tenido dificultades en el desarrollo de su misión. Los profetas, por lo general, son de los que peor lo han pasado. Eso no debe asustarnos, al contrario, porque los contratiempos muestran más si cabe la importancia de su vocación. Lo difícil no es escuchar la palabra de Dios, sino asimilarla. Si de alimento se tratase, escuchar a Dios sería comer… y después hay que hacer la digestión. En ese momento, la palabra de Dios pasa a ser también parte mía, carne de mi carne. Y así la palabra de Dios se hace palabra mía. Y lo que yo digo es igual a lo que Dios dice. Su mensaje es ahora mi mensaje.
La pregunta para hoy es: ¿Cómo es mi actitud a la hora de escuchar a Dios?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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