
En mi tierra dicen que “las palabras se las lleva el viento,” queriendo decir que lo que uno dice después se olvida, o también que somos olvidadizos, no recordamos las promesas hechas y no las cumplimos. Antiguamente los acuerdos se sellaban con un apretón de manos y con la palabra dada. La “palabra de honor” era lo más grande que una persona tenía. Comprometer su palabra era comprometer su vida, su integridad, su lugar en la sociedad, su honor. Hoy ya no hablamos de estas cosas. Y para ponernos de acuerdo necesitamos documentos, firmar un contrato, abogados, sellos… Hay demasiada desconfianza.
Dios, por su parte, sigue creyendo que la palabra dada sigue siendo esencial. Porque la palabra que sale de la persona, de su mente y de su corazón, es expresión de uno mismo. De ahí que la mentira sea uno de los pecados más graves, condenado desde el comienzo e incluido en los Diez Mandamientos. Además, la palabra dada tiene un poder, una fuerza particular, mucho más si es Dios quien la pronuncia. Por eso “la palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión” (Isaías 55, 11). No es amenaza, es garantía. Nuestro proceso cuaresmal se fundamenta en la palabra de Dios, proyecto serio y solidario, bien planificado, siempre igual, sin cambios de rumbo, orientado a la glorificación de Dios y la salvación de los hombres, para vivir en armonía y unión para siempre.
Durante este día, prestaremos atención a las palabras que decimos, a los mensajes que enviamos, a las promesas o compromisos que adquiriremos. Al final de la Cuaresma, seguro que estaremos conectados con fidelidad a la palabra de Dios y a nuestra propia palabra.
Las preguntas para este día son: ¿De qué he hablado hoy? ¿Mis palabras han mostrado verdaderamente quién soy yo?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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