Es importante comprender que la misericordia de Dios es mucho más que el perdón de nuestros pecados. Es también la compasión que siente por nosotros, al igual que su paciencia ante nuestras repetidas caídas. El Señor nos acompaña en nuestro lento proceso de crecimiento y nos libera de las dudas, la desesperación, los temores y hasta de la culpa por nuestros pecados.

Eso fue lo que le sucedió a Tomás en el Evangelio de hoy, tomado de San Juan 20, 19-31. Jesús le dijo: «Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree.» Palabras dirigidas a nosotros también.
Jesús no abandona a Tomás ante su incredulidad. No le cierra la puerta, sino que espera pacientemente. Tomás reconoce su pobreza y su poca fe, confía y se deja arropar por la misericordia divina.
Así opera la misericordia. El Señor quiere que podamos experimentar el perdón y la sanación interior.
Decía nuestro querido Papa Francisco, QEPD: “La misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Vivimos de la misericordia y no podemos permitirnos estar sin misericordia: es el aire que respiramos. Somos demasiado pobres para poner condiciones, necesitamos perdonar, porque necesitamos ser perdonados.”
También decía: “Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios.”
Hermanos, qué mucho nos falta aprender sobre la misericordia de Dios y qué mucho nos falta crecer. Hoy, domingo de la Divina Misericordia, oremos con el Salmo 117: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.»
¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado!
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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