Una de las canciones más famosas de mi adolescencia decía: “Y yo caí enamorado de la moda juvenil” (Radio Futura, 1980). La canté tantas veces que forma parte de la banda sonora original de mi vida. Pero es algo más que una canción, desde luego. En mi vida, fue la primera toma de conciencia de que existe la moda, que existen las modas, que nos envuelven, nos arrastran, nos permiten expresarnos… o nos convierten en copias unos de otros. Después, con el paso de los años y la vida de oración, mi espíritu se ha liberado bastante de las influencias vanas de la publicidad (aunque sé de sobra que es imposible totalmente). Lo que más me asusta es comprobar que “la moda y las modas” se están metiendo más y más en todos los ámbitos de la vida humana y de la personalidad.

Durante mi adolescencia, en los 80, hablar de moda era sinónimo de ropa y peinado, de cosas pasajeras y superficiales. Pero poco a poco hemos ido asistiendo a un envenenamiento de los valores, de tal modo que algunas cosas que siempre fueron sagradas (porque lo son), ahora simplemente han pasado de moda.
Dios, sus mandamientos, la gracia, la redención, el cielo… no son modas. Y no pueden ser tratados como modas. Hay valores eternos y son parte de la vida, la Historia y el ser humano como constituyentes suyos. Son parte del ADN, del código genético del universo. Relativizar estas cosas nos pone en peligro. En peligro, sí. Porque dudar de ellas, es dudar de Dios y de nosotros mismos. Así llegamos a convertirnos en dioses de nosotros mismos. Es lo que les pasó a Adán y Eva: Dios dijo que no comieran del árbol, pero la serpiente les hizo dudar y al dudar, cayeron en el pecado.
Necesitamos estar firmes. Necesitamos fundamentar nuestra existencia como individuos, como comunidad, como Iglesia y como sociedad en los valores eternos que Dios nos enseña. Nosotros los recibimos y los aceptamos, los hacemos nuestros y los metemos tan dentro de nosotros mismos que se hacen parte de nosotros mismos. Y entonces descubrimos que esa Ley ya estaba escrita dentro de nosotros desde antes de nacer, porque es parte de ser humano, imagen y semejanza de Dios.
Las preguntas para hoy son: ¿Estoy firme en mi fe? ¿Me dejo llevar por las opiniones generalizadas?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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