Comienza la Semana Santa, siete días en los que el Señor te invita a acercarte más a Él. Recordemos que, con la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, se cumplieron las profecías mesiánicas y se confirmó su identidad divina, confirmando que Él era quien dijo ser: el Hijo de Dios.

El segundo Evangelio de hoy, tomado de San Mateo, es la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y comienza sugiriendo que la traición de Judas se debió a la avaricia. Más adelante, Jesús pronuncia la bendición en la Cena y Pedro promete lealtad, mientras Jesús predijo que lo negaría.
Podemos ver que los discípulos tenían muchas virtudes, pero también tenían debilidades, al igual que nosotros. Al escuchar el relato, podemos identificarnos con sus sentimientos y reacciones.
El Evangelio termina cuando la tumba queda sellada. San Mateo es el único evangelista que incluye algunos signos que siguieron a la muerte de Jesús: el velo del Templo rasgado, el terremoto, las rocas partidas, los sepulcros abiertos, entre otros. Esto demuestra el efecto poderoso que tuvo la muerte de Jesús en toda la creación.
Toda esta semana vas a escuchar hablar sobre esto, pero enfócate ahora en lo que va a suceder en tu interior. Te pregunto: ¿Qué ves cuando contemplas al Crucificado?
Quizás te sientes triste por verlo desvalido, golpeado y desfigurado. Pero no te detengas, sigue contemplando y podrás experimentar el perdón y la sanación que Él te ofrece. Mira sus ojos, no de tristeza, sino llenos de amor; sus brazos abiertos para ti y levantados en obediencia al Padre.
Quédate un rato largo en silencio y déjate abrazar para que experimentes su paz y bondad. Reconoce tus faltas y su efecto en los demás y deja que Él sane tu corazón herido. Míralo y descubre el amor tan grande que tiene por ti.
Jesús, concédeme la gracia de contemplar el misterio de tu cruz, para luego gozarme tu Resurrección.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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