Dios te sueña distinto

“Dios te quiere como eres, pero te sueña distinto.”

Creo que fue al Obispo Munilla a quien le escuché esta frase hace años atrás (Facebook me la recordó esta mañana). La primera parte nos cae bien a todos. Que Dios nos quiera tal como somos es un alivio, casi un abrazo. Pero la segunda parte incomoda un poco. ¿Distinto? ¿Qué significa eso? ¿Por qué tengo que cambiar?

Dios te sueña distinto

Jesús resolvió esa tensión mejor que nadie: una mujer sorprendida en adulterio es arrastrada ante Él. Los que la acusan esperan una condena. Sin embargo, Jesús actúa distinto. Esa parte, todos la recordamos. Pero lo que viene después, a veces se nos olvida: «Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11). Dos partes inseparables. El no te condeno sin el no peques más sería una misericordia a medias. Y Dios no hace las cosas a medias.

Eso es exactamente lo que quiere decir que Dios nos sueña distinto. No se trata de convertirnos en una persona diferente. Es algo más profundo. Dios nos creó con un propósito, con un plan perfecto para nuestra vida. Somos nosotros, por nuestras decisiones —muchas veces tomadas sin contar con Él—, quienes nos hemos ido alejando de esa persona que Él soñó que seríamos.

Camilo de Lelis entendió esto de la manera más difícil.

Era soldado, jugador empedernido y bastante pendenciero. En una de sus rachas más bajas llegó a perder en el juego hasta la camisa que llevaba puesta —literalmente. Sin dinero, sin trabajo, sin rumbo, fue a dar a un convento de capuchinos en Manfredonia, donde lo admitieron como obrero. Un día, el guardián del convento les dirigió unas palabras a los trabajadores. Fueron pocas palabras, sencillas. Pero algo en ellas atravesó el corazón de Camilo . Cayó de rodillas, lloró, pidió perdón. Tenía veinticinco años.

Lo que vino después no fue un Camilo diferente. Fue el mismo Camilo —con el mismo temperamento de soldado, la misma energía arrolladora, la misma determinación que lo había llevado a jugarse hasta la camisa— pero puesto al servicio de algo más grande que él. Terminó fundando lo que hoy conocemos como los Padres Camilos, una congregación entera dedicada al cuidado de los enfermos. Y 250 años antes de que existiera la Cruz Roja, sus hombres ya recorrían los campos de batalla con una cruz roja bordada en el pecho.

Dios no le pidió a Camilo que dejara de ser Camilo. Le pidió que fuera el Camilo que Él había soñado desde el principio.

Y eso mismo nos pide a nosotros.

San Camilo, al final de su vida, les decía a sus hermanos: “Hagamos el bien mientras todavía hay tiempo. Esta vida nos ha sido dada para llenar nuestras maletas de buenas obras.”

No se trata de volvernos irreconocibles. Se trata de dejar que Dios tome lo que ya somos —nuestra historia, nuestro carácter, nuestras heridas, nuestras pasiones— y como el Divino Alfarero, lo transforme en algo que nunca hubiéramos imaginado por nuestra cuenta. El sueño de Dios para cada uno de nosotros es personal. Es único. Y siempre, siempre, siempre es más grande de lo que nos atrevemos a pedirle.

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