Con el paso de los días, la oración, la meditación, frecuentando los sacramentos con un poco más de atención y devoción, se van cambiando cosas dentro de nosotros. La acción del Espíritu Santo es poderosa y evidente. Tanto así que San Pablo lo expresa diciendo: “ya se han despojado de lo que antes eran y de las cosas que antes hacían, y se han revestido de la nueva naturaleza: la del nuevo hombre, que se va renovando a imagen de Dios, su Creador” (Col 3, 9-10).

Igual que la ropa es lo que los otros ven y con lo que damos una imagen de quienes somos, del mismo modo nuestras acciones, estilo de vida, comportamientos y compromisos muestran quiénes somos por dentro. Convertirse es como cambiarse de ropa, vestirse de otro modo y dar una nueva imagen. Una nueva imagen que debe estar siempre en consonancia con lo que somos verdaderamente por dentro. Gracias al proceso cuaresmal, identificamos lo que necesitamos cambiar para ser mejores discípulos del Señor. Nos “despojamos” de la ropa que ya no nos sirve, renovamos nuestro fondo de armario para vestirnos acorde con la nueva situación. Porque al final de la Cuaresma, con la celebración de la Pasión y de la Pascua, seremos una “humanidad nueva.”
Para conseguirlo, nos dice el Apóstol: “Revístanse de sentimientos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes. Sobre todo, revístanse de amor, que es el lazo de la perfecta unión. Y que la paz de Cristo reine en sus corazones, porque con este propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos” (Col 3, 12-15).
La pregunta de hoy es: ¿En qué partes de mi vida me cuesta más involucrar a Cristo?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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